Grandísima importancia le dieron los antiguos y los clásicos a la palabra; grandísima importancia al hablar, al buen hablar, al buen decir. ¿Qué dirían hoy los antiguos, los clásicos, de nuestra forma de hablar y de decir?
Malhablado es el descarado o soez en el hablar. Hablamos mal. Lo que antes se asignaba a unos pocos y en algunas zonas de nuestra geografía, es ahora el habla normal entre nosotros. Y hablo en general.
La calle está llena de palabras malsonantes, de tacos, ordinarieces, blasfemias, reniegos, juramentos... Repitiendo las mismas palabras, los mismos sonsonetes, se ha hecho costumbre el mal hablar. Lo advierte justamente el refranero español: “No hagas ejercicio en cosa que pueda hacerse vicio”.
A fuerza de ejercicio hemos conseguido un lenguaje horrendo y horrísono. Aquel señalado mal hablar de los adultos, es hoy lenguaje acostumbrado de niños, adolescentes y jóvenes, ellos y ellas. Y lo que pudo ser ocasionalmente justificable en aquéllos, es de todo punto injustificable en éstos.
Los clásicos suponían el buen hablar. Cervantes escribía: “Es tan ligera la lengua como el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua”. Y un anónimo apostillaba: “El que habla siembra y el que escucha recoge”.
Hablando como se habla entre nosotros, hemos de dar la razón a Cervantes y desear mejor preñez a nuestro pensamiento y que sea mejorado por los partos de nuestra lengua. Después podemos preguntarnos: entre nosotros, ¿qué siembra el que habla y qué recoge el que escucha?
Permitidme una conclusión expresada hace ya muchos años en el enunciado de una campaña, de mucho impacto y desgraciadamente pocos resultados, promovida intrépidamente por una emisora, Radio Popular de Pamplona: “Hablar bien, es mejor”. Y lo es, sin duda.
Andrés Barriales, escritor y poeta



