15-03
2012
Griegos, sí. ¡Quién lo diría!

Stefan Zweig y Philip Roth  
Stefan Zweig y Philip Roth  
Era aquella época en la que, según la iconografía contemporánea, en España solo existían reprimidos, clérigos pederastas y hombres bajitos con bigote.

Europa era entonces el lugar desde el que llegaban los libros (tantas veces, después de pasar por Iberoamérica): Nietzsche, Baudelaire, Verlaine, Proust, Kafka, Joyce, Marx, Freud… España era un lugar pobre en el que la pobreza estaba muy repartida y la sociedad era mucho mas interclasista que la actual. Además en Europa (que fundamentalmente, era Francia) teníamos pie y medio: Picasso estaba allí y Juan Goytisolo acababa de llegar. Por otra parte, existía un embajador permanente en Roma, Rafael Alberti, y un embajador volante que tan pronto estaba en Moscú, París, Berlín (oriental), como en Budapest: Santiago Carrillo. De esta manera, y mientras nos nutríamos de traducciones, la mayoría infumables, el complejo africanista lo llevábamos medio bien aunque, como puede deducirse de estas líneas, la mezcla de referencias podía resultar letal.

La cosa se salvaba con la música y el cine: ¿Godard o Rohmer? Ahora parece sencillo, pero no lo fue tanto, la respuesta podía costarte la chica e incluso la expulsión de tu grupo de amigos. Más sencilla era la elección entre Beatles y Rolling Stones, dado que eso solo afectaba a tu manera de ligar y cada cual ligaba como podía.

En medio de esta melé (tan ignorada, como mentida), se abría paso la idea de la construcción europea, algo que los jóvenes y ‘progres’ veíamos como un paso necesario para la revolución porque entonces la democracia eran dos: la burguesa y la popular. Nosotros ensayábamos la burguesa y ligábamos con la popular sin darnos cuenta de que Europa era lo que estábamos viviendo.

Por todo esto hoy quisiera decir que amo a Europa y, también, que animo a los dubitativos y a los débiles de corazón a hacer lo mismo. Amarla ahora es infinitamente más fácil: las traducciones son mucho mejores. Stefan Zweig, que se suicidó porque pensó que Europa se moría (y se murió, ciertamente) vuelve a brillar en nuestras librerías, igual que su amigo Philip Roth.

Claro que mi Europa no es la de Julien Benda, aquel que hablaba del ‘l’home sans coeur’, de la estandarización de la vida y de la ausencia de ruinas, porque admiraba a los Estados Unidos (tan admirables por otras cosas). Me gustaría creer a Walter Benjamin cuando escribió que “mientras existan cafés, existirá la idea de Europa”, o a George Steiner, que encontró en la dualidad heleno-judía la razón de ser europeos, o a Shelley cuando afirmó: todos somos griegos. Sí ¡quién lo diría! Griegos.
 

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