cultura/sociedad

JUEVES, 5 DE JULIO DE 2012

Piratas, los ladrones más glamurosos


Juan Ángel Juristo / Madrid
Un ladrón no es siempre un ladrón. Nuestro imaginario concibe al ladrón como nos los hacía ver el TBO, como un hombre con un saco al hombro que, con nocturnidad y alevosía, lo de la linterna es importante, entraba en domicilios y los desvalijaba. Esta es la parte amable de la cosa, gracias a los manejos arcádicos del cómic.
Portadas de ‘Piratas de Ultramar’ y ‘Nuestros piratas’ / ©Editorial Noray
Portadas de ‘Piratas de Ultramar’ y ‘Nuestros piratas’ / ©Editorial Noray
Para nosotros, que hemos vivido una adolescencia marcada por lecturas de piratas desde finales del XIX, que nos hemos educado con maravillas como ‘La isla del tesoro’, de Robert Louis Stevenson –¿a quién no le hubiese gustado escribir un libo así?–, que pasamos buena parte de nuestra infancia recorriendo mares en películas como ‘El Capitán Blood’, y cito ésta como epítome de las miles que la siguieron, existe un personaje, épico por antonomasia, al que ni se nos pasa por la cabeza calificar de delincuente: el bucanero. El bucanero y su parafernalia, bandera con calavera y tibias cruzadas, sombrero de tres picos, espada llevada en la boca mientras se realiza el abordaje… en fin, una imagen sacada de la piratería del Caribe que asolaba las costas de dominio español y saqueaba galeones cargados de riquezas que iban a parar en la mayoría de los casos a la Corona inglesa o francesa.

Esta imagen persistente en la cultura occidental es una de las maneras en que el héroe toma forma, se manifiesta, desde el siglo XIX. No es el único y gentes como Coppola han conseguido que incluso lleguemos a ver a los gánsters como seres dotados de cierto espíritu elegante. Pero reconozco que la rehabilitación de ciertos delincuentes u oficios prohibidos no llega a tocar la intangibilidad de la que gozan los piratas. Estos sí parecen tener patente de corso, nunca mejor dicho, respecto a su libertad. Y en cierta manera es verdad: son espíritus libres porque nuestro imaginario les ha quitado cualquier responsabilidad moral. En realidad no hacen daño, y el cine se ha encargado de que la cosa sea así. El último de nuestros piratas, Jack Sparrow, es, de hecho, la última versión del héroe ancestral, sólo que modernizado. Sus valores son ya propios del mundo posmoderno y, por tanto, el héroe tiene que dosificar sus atributos: un cinismo sin par aliado al humor más corrosivo.

Reconozco que las líneas precedentes son producto de un temor que me asaltó cuando comencé a leer ‘Piratas de Ultramar’, y ‘Nuestros piratas’, dos estupendos libros sobre el tema que ha escrito con amenidad y rigor Ángel Joaniquet, publicados por la Editorial Noray, y que es la aportación española más importante que se ha hecho en el estudio divulgativo de la piratería. Yo, hasta entonces había leído pocos de ellos, entre los que se contaban aquel magnífico de Conan Doyle, que bebía los vientos por este tipo de personajes, pero me temí que nuestro compatriota, al contrario de Conan Doyle, quisiera restar espíritu épico al oficio de ladrón marino. Lo interesante de estos libros de Joaniquet, que sufrió la experiencia de ser abordado en su barco por piratas de hoy día, es que dispara la imaginación hasta extremos que van más allá de la novela y lo hace contando casos reales, porque no hay que olvidar que estos libros son, ante todo, dos libros de historia.

Nos ofrece, así, un recorrido insólito por nuestras costas a lo largo de los siglos, desde los piratas mallorquines, pueblo que vivió de ese oficio durante siglos, hasta los años en que Castilla se constituye en la potencia económica a la que atacan piratas de todos lados. En medio, una caterva de aristócratas, sagas familiares, desarrapados que, leyendo este libro de Joaquinet, estamos tentados de adjudicar buena parte de la responsabilidad de la historia de nuestro país. Una de las excelencias de este libro es su afán desmitificador: en el precioso índice onomástico se encuentran entradas como la de Alfonso el Magnánimo, de la estirpe de los Trastámara, nada menos, donde se dice que fue el pirata más importante del siglo XV en el Mediterráneo, arruinando el comercio marítimo de genoveses y marselleses y conquistando Nápoles.

El dedicado a los Pinzones es una novela por lo que tiene de excitación de la imaginación: una saga de piratas ubicada en el Rio Tinto, que conocía el secreto atlántico, es decir, la ruta de la plata que llegaba clandestinamente de una América aún sin descubrir y donde uno de sus miembros Martín Alonso Pinzón, se embarcó con Colón a fin de saber qué conocía éste de secreta ruta y, parece ser, boicoteó todo lo que pudo al genovés para que no lograra su propósito de descubrir el puerto desde donde se trasladaba la plata en las Antillas. Lo mismo con Alfonso Sánchez, naúfrago de la nao ‘Atlante’, único superviviente que alcanzó la isla de Madeira y contó a un tal Scolbus el secreto que ocultaban las Antillas. Era miembro, por supuesto, de los Pinzones de Palos de Moguer.

Hay momentos, pues, en que el libro deja pequeña a la saga de ‘El Padrino’. Cuando habla de Roger de Llúria, padre e hijo, cuando se refiere a Rodrigo de Luna, Ramón Berenguer, Joan Pere, en fin, una serie de personajes, la mayoría mallorquines, valencianos y catalanes, que se remontan a la Edad Media y llegan hasta los años en que Juan March campeaba por buena parte, en el primer tercio del siglo XX, por el cabo Salinas de la isla mallorquina, y ello hasta tal punto que en pleno régimen republicano llegó a ser calificado como el último pirata del Mediterráneo.

Pero nobleza obliga, un libro de piratas sin hombres con sombreros de tres picos, patas de palo y banderas con calaveras no es un libro de piratas. Ángel Joaquinet dedica ‘Piratas de Ultramar’, por lo menos buena parte del mismo, a desvelar cómo eran los componentes reales de esos personajes que ha pasado a ser parte de nuestro imaginario colectivo. Y lo cierto es que la realidad no es menos asombrosa que la leyenda. Es más, a veces la supera porque sabemos de las dificultades reales en que la mayoría de esos hombres, desarrapados, huidos de sus países de origen, perseguidos a veces por sus creencias religiosas, peones de intereses de sus gobiernos contra la Corona de Castilla, tenían que pasar en un mar infectado de barcos que les perseguían. Pero esas dificultades se paliaban, a veces, con éxitos asombrosos, casi sobrenaturales, y entonces la gloria les hacía inmortales. ¿Quién no ha oído hablar de Francis Drake, el dragón infatigable, que hizo de Inglaterra una nación de marinos y cuya noticia de su muerte causó el tañido de las campanas de todas las ciudades del Imperio de su Majestad Católica? ¿Quién no ha oído alguna vez hablar de las aventuras de Morgan? ¿O las de Long Ben? ¿Y de Barbanegra?

Joaquinet nos introduce en estos legendarios héroes, asesinos, aristócratas y desarrapados a la vez, pero no se olvida de ofrecernos otras joyas, como el de Calicó, el hacedor de la bandera con la calavera y las espadas cruzadas, el símbolo literario de la piratería del mundo, o de ponernos en su sitio a Capitán England, ‘Pata de Palo’, o a Davis, el contrabandistas de esclavos, y luego, como contrapunto, alguna historia de piratería gallega, que no falte, constituida por los reyes de España como patente de corso para luchar contra cualquier nave que consideraran enemiga de la Corona, o la historia del vasco Blas de Lezo, el hombre que más hizo para contrarrestar la influencia de los piratas ingleses. Después de leer libros como estos, uno se da cuenta de que el imaginario no se ha apagado. Antes al contrario. Lo de los piratas es cosa adictiva. No hay manera de pasarlos al infierno de los malvados.


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