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Lunes 22/12/2014. Actualizado 19:22h.

cultura/sociedad

LUNES, 29 DE JULIO DE 2013

El joven Ernst Jünger en las trincheras


Juan Ángel Juristo / Madrid
Publicado en Alemania en 2010, a cargo de Helmuth Kieser, se edita ahora en España por Tusquets ‘Diario de guerra (1914-1918)’, de Ernst Jünger, una cuaderno de bitácora plagado de dibujos curiosos, conservados en la edición española, donde el futuro autor de ‘Tempestades de acero’ registró a sus 19 años y casi día a día lo que le aconteció en la Gran Guerra mientras leía con pasión ‘Orlando Furioso’, de Ariosto, y asistía con cierta indiferencia a la carnicería de la primera contienda de carácter industrial. Leer estos diarios es sumergirse en un mundo con una sensibilidad tan alejada de la actual que causa una extrañeza próxima a la fascinación. No es la menor de sus muchas virtudes.
Ernst Jünger, durante la I Guerra Mundial
Ernst Jünger, durante la I Guerra Mundial
El libro, en realidad, es el material de donde Jünger se alimentó, ya en los años 20, cuando escribía ‘Tempestades de acero’, que le dio fama enorme, casi tanta como su condecoración con la ‘Ordre pour le Mérite’, la máxima distinción del Ejército prusiano y que cayó como un aldabonazo en la sociedad alemana de entreguerras de tal modo que era uno de los libros preferidos de Adolf Hitler. Años más tarde, en pleno París ocupado, André Gide anotó en su ‘Diario’, había conocido al capitán Jünger pocos meses antes en una visita que éste realizó al escritor francés, que había leído ‘Tempestades de acero’ y que era el libro de guerra más honesto y veraz de los que había tenido noticia.

Los apuntes tomados por este joven de 19 años, que se había enrolado en la Legión Extranjera el año anterior y cuya experiencia reflejó luego en ‘Juegos africanos’, no tienen el poderío estilístico de ‘Tempestades de acero’, pero poseen algo impagable, las anotaciones están hechas a las pocas horas de vivir las experiencias límite de un combate y por ello ganan en intensidad y, digámoslo, cierta brutalidad que no desentona en un libro que está concebido como si de un testigo directo, bien que a través de la escritura, se tratase, vale decir, al modo de una cámara que registrase de manera objetiva, fría, lo que delante suyo se desarrolla.

No es baladí tamaño modo de percibir el mundo. Pocas veces se ha dado en el siglo pasado un escritor para quien la literatura fuese más sagrada que la propia realidad como en Jünger y ese corazón aventurero que en su juventud, siguiendo el espíritu de los Wandervögel, a los que perteneció, organizaciones que preconizaban una vuelta a los orígenes de la naturaleza y un desprecio al espíritu moderno, exorcizó el tedio burgués huyendo hacia experiencias límites, heroicas y sagradas como, pensó, podía ser una guerra.

A pesar de su juventud poseyó siempre un espíritu muy sutil, casi visionario, y se tiene que entender esa conformación del espíritu si se quiere comprender cabalmente su papel en aquella guerra: su encantamiento épico mientras leía a Ariosto y su indiferencia frente a aquello que experimentaba, una carnicería donde murieron millones de hombres en actos poco heroicos y en el que el destino de la guerra se jugó en las fábricas de producción de armamentos.

No es que lo ignorase, sencillamente no le interesaba. Y así, a pesar de saber de esa indiferencia, mostró un coraje enorme y cierta piedad, tuvo encañonado a un soldado británico que le enseñó la foto de la familia, pidiendo que no le matase, y le dejó marchar, fue herido varias veces, dos de gravedad, y por ello se le condecoró con la máxima distinción del ejército, algo que fascinó a los nazis años después. En un momento curioso del libro, Jünger, con gesto torero, que él pensaría tenía que ver con los guerreros de tiempos idos, cuenta sus heridas y verifica unas catorce, entre ellas dos de bala con entrada y salida y varias de metralla de obuses.

La lectura de este Diario, pues, resulta inquietante por varios motivos: en primer lugar porque mantiene una concepción de la guerra que hoy día es casi imposible llegar a entender ya que el concepto de heroísmo no se contempla en el imaginario actual, pero además porque, y esto es más habitual aceptarlo hoy, porque cuando se presentó voluntario para ir al frente creyó siempre en su buena estrella y que no le pasaría nada. Lo curioso del caso es que tuvo razón pues ser herido catorce veces en una guerra posee cierto carácter milagroso, legendario, y tengo para mí que ese hecho pesó mucho en la gran consideración que se le tuvo en la Alemania de entreguerras.

Jünger confesó en una entrevista a Franco Volpi, realizada a los 100 años, que lo que su actitud ante la vida no cambió nunca, pero que pronto sustituyó la guerra por la pasión hacia la literatura, el pensamiento y la ciencia. Hijo de un químico, entomólogo él mismo, hay una mirada en este escritor que prescinde del cuerpo a cuerpo y parecería que contempla las cosas desde montañas de distancia, desde atalayas alejadas en el tiempo. La cosa trasciende la mirada del científico, como si fuese más allá, en una actitud que es frialdad porque quiere enfrentarse de lleno con la verdad de las cosas.

Ello es patente en su obra, hay reflejos en multitud de detalles, así en el modo que tiene de contemplar un bombardeo mientras se toma un borgoña con fresas, como le sucedió en la terraza del Hotel Raphael en París en la II Guerra Mundial, y la figura del anarca tiene que ver mucho con todo esto, pero en el libro que se acaba de publicar todo este manifestarse de modo rotundo, estilizando la lengua alemana hasta límites de sutil belleza, subyace como elemento bruto, sin devastar, y eso es lo que le hace tan precioso, aunque desde un punto de vista literario no mantiene, ya digo, la comparación con el libro que trata del mismo asunto, ‘Tempestades de acero?. Con todo es un escrito distinto, que posee la belleza brutal de la visión heroica al modo, sin él saberlo, de un Rimbaud al que le faltase la experiencia traumatizante del amor.

El libro, por otra parte, resulta chocante para algunos jungerianos: escribe lo bien que se lo pasa ligando y agarrándose unas borracheras también épicas. Un joven de 19 años…

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