Opinión

Piratas, pecios y bufones

Juan Ignacio García Garzón - JUEVES, 16 DE FEBRERO DE 2012

Qué inflamable es ese amasijo de sentimientos, frustraciones y anhelos colectivos que convenimos en llamar patrioterismo por ser una versión inflada y vocinglera del patriotismo, una magnitud más generosa, honda y noble, aunque también vinculada a un sentimiento de pertenencia al alma profunda de la tribu. El caso es que hay un algo, un resorte misterioso latente en cierto rincón primitivo y sensible de la conciencia que se dispara cuando entendemos que se afrenta el honor de la manada.

Es lo que ha pasado con el resobado episodio de los guiñoles franceses y sus puyas al deporte español. Ante tamaña ofensa, resucitamos el espíritu de Agustina de Aragón y sacamos del museo los fatigados cañones de la guerra de la Independencia para disparar a la avispa que nos hace burla. Desinflemos el pecho y el ardor guerrero: si una payasada produce el efecto de unas gotas de agua sobre aceite hirviendo, es por eso, porque el aceite está hirviendo. Tras la enardecida respuesta patria –del Rey abajo, todos– da la impresión de que, paradójicamente, cuando presumimos de superioridad deportiva, aún rebulle algo de ese larvado complejo de inferioridad amasado durante decenios de alpargata y dictadura, y alimentado además por años de desdenes y mohines desde el otro lado de los Pirineos. Ellos también tienen lo suyo, y la ‘grandeur’ revenida y famélica pasa factura. Qué curioso universo el de los encendidos sentimientos nacionales y las fauces tópicas de los nacionalismos de sofá.

Hay, no obstante, que agradecer el papel de los bufones. La sátira, aunque escueza y moleste, es higiénica, reveladora e incluso necesaria. Los bufones tiene ese oficio: enseñar el culo para que advirtamos que el nuestro también está desnudo. Resulta aleccionador, con la que está cayendo, comprobar que aún hay cosas capaces de encender el ánimo colectivo. Al cabo, tal vez lo necesitáramos como una especie de ceremonia catártica, como un acto de cohesión simbólica frente a la adversidad. Así que puede que hasta nos haya venido bien esta descarga de malos humores tribales.

También hay algo de ese sentimiento común, de ese espíritu de resarcimiento, en la victoria judicial sobre la gente de Odissey y su despojo del pecio de la fragata ‘Mercedes’, hundida en 1804 frente a las costas del cabo de Santa María. Los cazatesoros se siguen inventando triquiñuelas para dilatar cuanto puedan la devolución de las 590.000 monedas de oro y plata expoliadas con engaños y subrepticiamente en 2007 de los restos del buque. Su actitud y sus métodos son reprobables sin paliativos, pero han puesto al descubierto otra realidad incuestionable: si ellos no hubieran sacado esas riquezas, nadie lo habría hecho.

Odissey es una empresa con no disimulado ánimo de lucro, ha invertido tiempo y medios en una iniciativa que podría no haberles deparado resultado alguno. Ningún otro proyecto similar se había puesto en marcha desde España. Así que, por lo que respecta a otros pecios, es hora de articular medidas tanto de preservación, como de estudio y, cuando llegue el momento, extraer del fondo del mar los restos que proceda. Parece que se está haciendo en buena hora. A los cazatesoros les importan un bledo los intereses arqueológicos, ellos van a lo que van y si tienen que reventar un casco o desbaratar el contexto histórico de un barco hundido, lo hacen.

Mi amigo Jesús García Calero, que se ha convertido en todo un especialista en el asunto después de seguir exhaustiva y minuciosamente durante años el caso Odissey, afirma que un pecio es como un libro que nos habla del pasado, y que hay que conservarlo para poder leerlo. Antes de sacar ningún resto del fondo del mar, procede estudiarlo, documentarlo, preservar el contexto histórico y luego, con sumo cuidado, extraer lo que se pueda y deba, pero siempre con los criterios arqueológicos por delante. El arqueólogo submarino Franck Goddio ha marcado caminos a la hora de rentabilizar, tanto económica como didácticamente, ese tipo de descubrimientos: su magna exposición ‘Tesoros sumergidos de Egipto’, compuesta por restos extraídos junto a la costa de Alejandría y que se pudo ver en Madrid en 2008, recorre el mundo. Es una forma de hacer las cosas. Y esta, sí, muy patriótica, y hasta universal.

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