Algunas voces hablan hoy de lector y autor como de los dos únicos elementos necesarios en el proceso actual de edición, habida cuenta de las nuevas formas y posibilidades de la edición digital. Suelen advertir a quienes se hallan entre ambos extremos del riesgo que corren de desaparecer. Puede que sea así o no. Hay agentes que, en un nuevo contexto tecnológico, social y de negocio, deben convertirse o hacerse a un lado. Pensar, sin embargo, que pueden barrerse determinadas cosas como si no fuesen más que la rémora de un tiempo antiguo es el típico error de visión de ciertos entusiastas con una nueva realidad.
De entre los amenazados en este contexto quisiera hacerme eco del caso del editor, quien más allá de otras consideraciones juega un papel evidente como filtro ¬–como intermediario– entre el lector y el autor. En un ejercicio de libertad, que corre paralelo con el signo de los tiempos, puede leerse y publicarse hoy con una independencia sin precedentes, pero nada indica que debamos prescindir de la figura de un editor que oriente, aconseje o guíe la lectura y la escritura. El equilibrio es necesario en un mundo en el que debemos tener –como lectores o autores– la posibilidad de llegar a nuestro destino mediante diversas y legítimas vías.
Llevándome el asunto a un terreno que conozco mucho más de cerca –el de la biblioteca y los servicios de información– podría formular la misma ecuación sustituyendo al lector por un usuario final y al autor por un productor de información. Desde siempre bibliotecarios y documentalistas han facilitado las herramientas para acceder a la información. Han sido intermediarios entre los usuarios y los productores de información. Con la explosión del fenómeno Internet se vaticinó que estos profesionales no harían falta nunca más, pero su continuidad y adaptación a las nuevas formas de gestión de la información acusa la evidencia con la que el paso del tiempo ha desautorizado esta sentencia.
El cambio de paradigma afecta también a los profesionales de la información y ninguno medianamente serio piensa en resistirse al mismo. Durante décadas se han plegado a los cambios adaptando y adoptando los servicios, las formas de trabajo y las tecnologías necesarias para lograr sus fines con rapidez y efectividad. Lo que no ha cambiado desde hace más de dos mil años son los objetivos de conservación y difusión de la información, por más que se hayan perfeccionado, pulido y acomodado los procedimientos a las circunstancias de cada momento.
Lo que Internet ha traído, junto al mayor volumen de información al alcance de todos, es la diversidad en cuanto al acceso, localización y calidad de los contenidos, por causa de lo cual los profesionales de la información llevan años orientando, gestionando y evaluando los recursos de información en la web, con criterios que pretenden hacer más efectiva y autónoma la navegación a quienes bogan en el a veces agitado y tumultuoso océano de la red de redes.
Son pues esos intermediarios de los que, como en el caso del editor, se dice alegremente que podrían desaparecer en un mundo donde ya nadie les necesita. Y sin embargo trabajan para ser ese filtro de calidad que, ante el desconcierto o el desconocimiento, pueda orientar y canalizar provechosamente las demandas de información de cualquier usuario final. Editores o profesionales de la información, dejemos que su intermediación continúe de forma pareja a la independencia de lectores, autores y usuarios: hay intermediarios que resultan siempre deseables y ciertos cambios no pueden determinar y decidir la funcionalidad esencial de su cometido, sino apenas matizarlo.
Rafael Jiménez es subdirector de la Biblioteca Nebrija