Probablemente este artículo ya haya sido escrito alguna vez. Y seguramente lo volverá a ser. Es casi una opinión refleja que se produce cuando la venta de una obra de arte alcanza precios siderales. Se habrán enterados ustedes de que una de las cuatro versiones de “El grito”, del noruego Edvard Munch, se acaba de convertir en el cuadro más caro vendido en una subasta. 91,2 millones de euros, incluida la comisión de Sotheby’s, la casa subastadora, lo han colocado en ese podio de vértigo crematístico hasta ahora ocupado por “Desnudo, hojas verdes y busto”, una obra de Picasso que se saldó en 81 millones de euros hace un par de años. Parece ser que el precio más alto de una transacción artística privada lo tiene ‘Los jugadores de cartas’, de Paul Cézanne, por el que la familia real de Qatar pagó la bagatela de 191 millones de euros en 2011.
De las cuatro versiones de ‘El grito’, la recién subastada era la única en manos privadas, las de Petter Olsen, cuyo padre fue amigo del pintor. Con lo obtenido por la venta del cuadro, Olsen pretende fundar un museo consagrado a Munch (1863-1944), un artista torturado que, con las elocuentes herramientas de su expresionismo precursor, intentaba diseccionar almas, y cuyo arte fue etiquetado por el nazismo como degenerado. De las otras tres versiones de esta obra creada en 1893, la más famosa, por decirlo así, se encuentra en la Galería Nacional de Noruega y las otras dos forman parte de los fondos del Museo Munch, que se alza también en Oslo. La fascinación por la imagen creada por el artista noruego, amén de su valor económico, pudo estar detrás de los robos sufridos por la Galería Nacional y el Museo Munch con ‘El grito’ como parte sustanciosa de sendos botines finalmente recuperados por la Policía, aunque en el último caso con el cuadro irreparablemente dañado.
¿Qué ha adquirido el por ahora anónimo comprador del lienzo? ¿Una universalmente admirada combinación de pigmentos sobre una superficie lisa? ¿Una obra cuya carga icónica la ha convertido en símbolo de la angustia y la desesperación de una época como pudieran ser, en el ámbito literario y teatral, las creaciones de Franz Kafka y Samuel Beckett respectivamente? ¿La habrá comprado estrictamente como inversión revalorizable o llevado por un rapto de pasión estética, o por una combinación de ambos supuestos? Todas estas preguntas se mueven en la ruleta de las elucubraciones, igual que las inevitables y demagógicas voces que sin duda se alzarán o se habrán alzado para preguntarse si una obra de arte puede valer 91,2 millones de euros. A tenor de su tamaño y a ojo de buen cubero aproximativo, puede estimarse que el nuevo propietario de ‘El grito’ ha pagado más o menos unos 15.000 euros por centímetro cuadrado de la obra.
Divagaciones, divagaciones y más divagaciones. Por la senda de Cervantes, parece que fue don Antonio Machado, cuya claridad y hondura crecen con los años, quien dijo aquello de que todo necio confunde valor y precio. ‘El grito’ es, efectivamente, un grito plástico de dimensiones planetarias, un cuadro significativo e inquietante, tanto que hubo algún crítico que aconsejó a las mujeres embarazadas que no acudieran a la sala donde se expuso por primera vez como parte integrante de un conjunto titulado por el artista ‘Amor’. Que lo disfrute quien lo ha comprado. Pero si alguien siente envidia o se ha quedado con las ganas de poder colgarlo en su salón, que sepa que en internet se pueden encontrar sitios donde se ofrecen excelentes reproducciones por solo 39 euros. No serán el original, de acuerdo, pero la angustia es la misma (y más barata).