En las más diversas culturas el agua es símbolo de vida: en China –sigamos las enseñanzas de Juan Eduardo Cirlot– era considerada el elemento del que procede todo lo viviente; en India, asumida como magnitud maternal (‘mâtritamâh’) y mantenedora de la vida en toda la naturaleza; en el bautismo cristiano se asocia a un nuevo nacimiento después de haber nacido... A través de ese caudal simbólico no resulta extraño constatar que en las fantasías de la antigüedad la fuente de la eterna juventud fuera un lugar recurrente que establecía un vínculo entre el agua, un agua de carácter especial, claro, y la inmortalidad. La inagotable metáfora de la vida sin fin y sin achaques.
En algún prontuario de mitología, se identifica esa corriente legendaria con la fuente de Castalia, llamada así por la ninfa que, huyendo de los requiebros carnales de Apolo, se zambulló en el manantial que había –y hay hoy– en Delfos, al pie del monte Parnaso, rodeado de un bosquecillo de laureles consagrado al dios más hermoso. Relatos orientales, el plural magma narrativo de las llamadas novelas de Alejandro, las leyendas sobre el Preste Juan, el libro de los viajes del ficticio Juan de Mandeville en el siglo XIV... Las referencias sobre la fuente maravillosa se multiplican para deleite de los creyentes en el milagro. El Bosco la colocó en el tablero central de su formidable tríptico ‘El jardín de las delicias’ (1505) y también la pintó Lucas Cranach el Viejo en 1546. Los primeros viajeros al Nuevo Continente se reencontraron con ella en las fabulosas historias narradas por los arahuacos de La Española, que hablaban de la isla de Bimini como el lugar donde brotaban las curativas aguas. Se dice que Juan Ponce de León, conquistador de Puerto Rico, escuchó el relato y, ya entrado en años, la buscó afanosamente, descubriendo Florida en 1513, lo que no está nada mal, desde luego, aunque para su disgusto no hallara rastro alguno de la ansiada fuente.
Tras siglos de fabulación de la quimera, de dar vueltas a la noria de un humano afán, este sí, inacabable, de buscar un simulacro de lozanía a través de la cirugía y la cosmética, parece que la fuente de la eterna juventud no se encuentra en ninguno de los territorios roturados por la imaginación ni en ningún remoto enclave señalado con una cruz de sangre en alguna cartografía fantástica, ni menos aún en una pócima milagrosa incluida en el arsenal de los productos de belleza. El secreto reposa en el humilde espinazo de una enzima, la telomerasa. Se habrán ustedes enterado por algún medio de comunicación de que ya se ha probado con éxito la primera terapia génica contra el envejecimiento (yo me apoyo en los datos publicados por ABC el pasado día 15). Los primeros seres vivos en gozar tal privilegio han sido unos ratones de laboratorio, unos viejos y otros jóvenes; su media de vida creció en un 24 por ciento, que ya es algo, amén de ver retrasada la aparición de dolencias asociadas a la ancianidad, como la osteoporosis y la diabetes tipo 2, y de mejorar su memoria y coordinación neuromuscular.
De este primer paso hacia el milagro –la ralentización del reloj biológico de los seres humanos– es responsable un grupo de científicos españoles del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), con la colaboración de la Universidad Autónoma de Barcelona. La directora del CNIO, María Blasco, ha dirigido también la investigación, cuya autoría comparte con Bruno Bernardes. Contada, la cosa parece sencilla, como lo es el motor de lo maravilloso: primero se modifica el ADN de un virus seguro para que, ejerciendo más o menos como un taxi microscópico, transporte el gen de la telomerasa, una enzima capaz de reparar los telómeros, que son los extremos de los cromosomas y juegan un importante papel en los proceso cancerígenos y de envejecimiento. Gracias a la capacidad de infección del virus, el gen de la telomerasa, instalado en él como pasajero, llega con rapidez a todas las células del organismo y desencadena los efectos antes descritos en los sufridos y, por esta vez, afortunados roedores.
La proyección teórica de este aún balbuceo científico permite suponer que si la vida media de una persona es de unos 80 años, el tratamiento podría hacer que se superara la frontera del centenar y en mejores condiciones de salud. Es decir, la terapia resultante de estas investigaciones conseguiría prolongar los años de vida saludable y lograr, de propina, un efecto rejuvenecedor. Y aún queda la labor de identificar las dolencias vinculadas al envejecimiento susceptibles de beneficiarse de los prometedores efectos de este descubrimiento. Si Ponce de León hubiera sabido que la isla de Bimini flotaba en el corazón de una enzima...