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Opinión

Museos en tiempos de depresión

Víctor Zarza / Madrid - MARTES, 22 DE MAYO DE 2012

Bien sabemos que, en periodos de crisis, los necesarios ajustes que requiera la coyuntura no se limitan sólo al ámbito de lo económico, de lo puramente estratégico. Son momentos en los que se cuestiona, en mayor o menor medida, el sistema de valores sobre el cual se fundamenta el modelo social y político vigente, al tiempo que se reclaman nuevas fórmulas que, en el terreno de la praxis, conduzcan a la superación de las causas que han originado el problema y, en el del pensamiento, contribuyan al desmontaje de los presupuestos ideológicos que las hayan producido; no hay más que contemplar lo que está sucediendo a nuestro alrededor, en nuestro propio país, para convencernos de que así es.

Sin ánimo de abonarme al género catastrofista que ahora tanto se prodiga en lo medios (razones, desde luego, no faltan), resulta evidente que cualquier consideración acerca de la función de los museos en la sociedad contemporánea debe plantearse dentro del panorama que determinan las actuales circunstancias económicas, máxime cuando todos los especialistas coinciden en señalar que la cosa va para largo y que difícilmente se va a poder aguantar el duro trance manteniendo los mismos usos y criterios que hasta ahora, sin llevar a cabo una profunda revisión de las estrategias de gestión.

Al igual que ha sucedido con el ladrillo, en estos últimos años hemos sido testigos del desplome de una oferta expositiva en buena parte inflacionista, en la que han proliferado muestras inverosímiles, muchas de ellas de dudosa calidad y escaso interés, fruto del crecimiento desmesurado (‘metastático’, que hubiera dicho Jean Baudrillard) del número de centros de arte y museos erigidos a mayor gloria de tal o cual autonomía, región, ciudad, comarca o villa, sin un programa museístico establecido, contrastado o reconocible. Museos sin contenido que, ya antes de que llegara la ‘hora de las vacas flacas’, reclamaban la perentoriedad del cese en esta política disparatada. Sin embargo, los primeros síntomas de la recesión se encargarían de poner a cada uno en su sitio, mostrándonos el verdadero alcance del ‘entusiasmo cultural’ de muchos de los responsables institucionales que antes fueron pródigos en el desenfreno.

Los recortes presupuestarios suponen para los museos, de entrada, una seria dificultad a la hora de afrontar las necesidades que precisa el mantenimiento de sus fondos, tanto en lo referente a la conservación de los mismos (incluida la rescisión de los contratos del personal especializado, entre el que abunda, escandalosamente, la interinidad) como a las instalaciones que los albergan, sin olvidarnos de la merma en la programación expositiva y de otras actividades de carácter divulgativo o formativo que pudieran ofrecer a sus visitantes, lo que inevitablemente debe dar lugar al diseño de nuevos modelos de colaboración con otras entidades, más imaginativos, si cabe, que los meramente financieros.

Cuando la escasez de medios impide sacar adelante programas ambiciosos, quizá sea un buen momento para iniciar ejercicios introspectivos; la oportunidad para replantearse algo tan crucial como son los discursos expositivos, proponiendo nuevos itinerarios de lectura de la propia colección; un ejemplo de este tipo de operaciones –aunque no motivado por la coyuntura económica en su caso, sino fruto de una decisión absolutamente premeditada–, es la reorganización efectuada por Manuel Borja Villel en el MNCARS: se esté o no de acuerdo con sus criterios museográficos, lo cierto es que en el montaje actual de la colección permanente se nos ofrece algo más que un conjunto de piezas notables de la historia del arte organizadas siguiendo un orden secamente cronológico; las unidades que lo componen articulan una oferta concebida para mover, pues, a la reflexión y generar así un conocimiento más profundo del hecho artístico, una experiencia dialéctica y no simplemente contemplativa.

Hoy se habla mucho de la ‘rentabilidad’ de los museos, empleando un término extraído del mundo de la economía que, en principio, viene a enrarecer antes que a despejar cualquier debate sobre la funcionalidad de aquellos (lo mismo que sucede con el de ‘industria cultural’, que tanto satisface a políticos y empresarios). Cierto es que las obligaciones patrimoniales que competen a una sociedad debe procurarse que resulten lo menos gravosas posible para el erario público –lo que, en última instancia, iría en detrimento de su conservación–, pero también lo es que la importancia de un centro museístico no tiene que evaluarse atendiendo sólo a sus dividendos, pues equivale a reducirlo a la categoría de un simple negocio, sin otro objetivo que el de hacer caja a fin de mes.

Quiero pensar que existe un futuro para los museos más allá de la fatal disyuntiva definida por el cierre o su privatización (y, acaso, su conversión en parques temáticos ‘high-class’); cualquiera de las dos opciones tendría unas consecuencias desastrosas sobre la cultura de nuestro país. La difícil situación económica que atravesamos requiere de soluciones innovadoras a la par que sostenibles, adecuadas al papel que a estas instituciones les corresponde en su condición de agentes culturales de primer orden. Sin traicionar sus funciones básicas, como son preservar y divulgar el patrimonio (artístico, histórico, científico…) común, los museos están llamados a ‘reinventarse’ dentro de unas coordenadas conceptuales que garanticen y fortalezcan el desempeño de su insustituible misión en la complejidad del momento presente.

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