Entre las consecuencias chuscas de la tragedia económica y laboral que vive España, una de las menos importantes pero significativa para el gremio periodístico –aun diezmado y aproximándose a los años del ‘huevo frito’ como se encuentra– es la aparición de un nuevo género que no es ni información ni crítica ni crónica ni, desde luego, opinión.
Básicamente, el nuevo género que ‘triunfa’ tanto en papel como en el píxel se alimenta de sustantivos. Grandes nombres, algo que procede de las ‘negritas’ de Umbral o quizá, más justamente, de lo que el autor de ‘Últimas tardes con Teresa’ denomina “prosa sonajero”. Orígenes que se degradan a conveniencia, sobre todo por redundancia, y se sirven a temperatura ambiente, es decir, hirviendo, como mollejas recién extraídas de la freidora.
Entre los ingredientes exóticos no pueden faltar ciertos nombres: Merkel (con o sin nota musical antepuesta), Olli Rehn (que si no fuera por la circunstancias parecería ocurrencia de Chiquito de la Calzada), Moody´s, Fitch o Standard & Poor's (cumplen la misma función y pueden mezclarse) y, en el colmo de la sofisticación debe añadirse, con cuidado, pues pueden delatar la carencia de idiomas del cocinero, alguna cabecera exterior entre las que Financial Times se lleva la palma, pero Wall Street Journal cumple muy bien.
Pero la huerta y la chacinería nacional aportan lo sustancial del guiso. Agotadas las existencias de Zapatero (o ZP en su versión marca blanca), Rajoy se lleva en estos días todos los titulares. Cualquiera de sus ministros económicos sirve además de buen compango. Soraya, la vicepresidenta, es más bien del gusto de los que utilizan a Rubalcaba como ingrediente principal, el resto la guarda en la alacena a espera de que cuaje o se macere dependiendo el punto de vista.
Un componente casi imprescindible del nuevo género es la nota cursi que el autor ha de confundir, sin albergar dudas, con la nota culta. Un latinajo, una cita pillada en Google o en alguna solapa pueden servir. Pero lo que mejor funciona es una confidencia, una delación, una sevicia, algo que bordee la ‘erótica del poder’: “Como hace años me dijo…” Y en lugar de los puntos suspensivos aparece el nombre de un notable (a ser posible notabilísimo) del poder político o del poder de la banca, pero difunto. Muy difunto.
Al conjunto de nombres externos o internos y a la nota culta se le añade un mucílago de adjetivos elegidos entre aquellos más habituales del lenguaje coloquial, esos que parecen llamar a gritos al Sámur o a una flotilla de bomberos: corrupto, inepto, criminal, son solo algunos de ellos. La versión cheli, lunfarda o panocha de los mismos se valora, no tanto como prueba de cercanía al pueblo, sino como verismo de lo expresado en el texto. Esto los periodistas del género lo saben: un ‘canguelo’ bien colocado garantiza una correcta lectura del Financial Times.
A la elección de componentes y compango, a la precisa aplicación del mucílago adjetival, al relumbrón de la cita y al ‘verismo’ suscitado por la cercanía del lenguaje, el nuevo género periodístico necesita sumar otra decisión fundamental: elegir con acierto el modo de cocción. Principalmente existen dos: modo oracular y modo apocalíptico. Al principio se recomienda utilizar solo uno de ellos, pero con el tiempo pueden alternarse, con lo que el ‘guiso’ ganará en redondez. Lo que se dice una bola.