Un equipo de investigadores españoles ha logrado borrar recuerdos de la memoria temporal reciente. Cierto es que, por el momento, los pacientes han sido un grupo de estoicos ratones de laboratorio, esos indispensables animalillos que nunca presentan quejas, aunque, de poder hacerlo, en este caso no recordarían de qué. Las pruebas con humanos aún no están previstas, pero todo se andará y a no muy tardar seguro que será posible eso que hemos visto en muchas películas de ciencia ficción: tanto eliminar determinados archivos de la memoria como implantar otros. Antes de que lo supriman de su mente, recuerden, por ejemplo, títulos como “Olvídate de mí” (Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Michel Gondry, 2004), con el borrado de una relación sentimental tormentosa, o “Desafío total” (Total Recall. Paul Verhoeven, 1990), donde Arnold Schwarzenegger contrataba unas atractivas vacaciones virtuales marcianas con sus souvenirs –nunca mejor dicho– incluidos.
Al frente de un grupo de científicos de la Universidad sevillana Pablo de Olavide, José María Delgado, catedrático de Fisiología y especialista en Neurociencia, perfila la llave que tal vez abra la puerta a algunas de las fantasías engendradas por ese genio de la imaginación y la escritura que fue Philip K. Dick. En un reportaje de mi amiga Pilar Quijada (ABC, 17 de julio de 2012), se detallan algunas de las claves que explican cómo han logrado que los resignados roedores olvidaran dónde habían guardado su queso un momento antes. Utilizando técnicas de farmacogenética y electrofisiología, los investigadores consiguieron interrumpir la memoria a corto plazo, aquella a los humanos nos permite memorizar un número de teléfono en un breve espacio de tiempo o cocinar a partir de una receta, es decir, guardar secuencias de actos.
Nuestro cerebro almacena recuerdos en dos zonas: la corteza prefrontal, cuya actividad fundamental es la coordinación de pensamientos y acciones de acuerdo con metas internas, y el hipocampo, en el que quedan almacenados recuerdos permanentes, como los acontecimientos vividos o lo aprendido por experiencia propia; esta estructura cerebral es fundamental para recordar la relación entre dos sucesos o entre un suceso y sus consecuencias. Según ha probado el profesor Delgado, es posible inhibir permanentemente los recuerdos actuando sobre un área del hipocampo conocida como giro dentado.
Los avispados ratones, al igual que hacen los primates, entre los que estamos incluidos ustedes y yo, gozan de la capacidad de aprender por observación o, dicho de otro modo, por imitación, algo que es posible gracias a las denominadas neuronas espejo, descubiertas por el científico italiano Giacomo Rizzolatti, premio Príncipe de Asturias de Investigación 2011. El equipo del profesor Delgado ha logrado inactivar este tipo de aprendizaje; asimismo, lo potenció actuando sobre una estructura cerebral llamada núcleo accumbens, cuyas funciones, según se cree, tienen que ver en los procesos de la recompensa, el placer, la adicción, la risa y el miedo.
Y hasta aquí la parte didáctica, en la que, para remendar mis escasos conocimientos sobre la materia, he utilizado un buen retal de las enseñanzas de la señorita Quijada, espero que con aprovechamiento. Llega el momento de internamos por los territorios de la imaginación y, convertidos en profesores chiflados sin complejos, fantasear con las posibilidades que estos experimentos con los primos lejanos de Mickey Mouse tendrían una vez desarrollados para su aplicación en seres humanos. Se abre el turno de la ciencia ficción, aunque, a tenor de los resultados de las pruebas comentadas, cada vez menos ficción que ciencia.
¿Se imaginan en posesión de unos aparatos como los que enarbolan los protagonistas de “Men in Black” para borrar la memoria de los testigos que han visto algo que no debían presenciar? Podríamos solicitar un préstamo y, una vez con los machacantes en el bolsillo, eliminar ese suceso de la mente de quien nos suministró el dinero, o intentar alguna audacia amatoria con la chica de nuestros sueños y, en el más que probable caso de un rechazo furioso, tachar luego ese desliz del fondo de sus recuerdos. También podrían usarse, vayamos a lo realmente práctico, para hacer desaparecer reminiscencias traumáticas. Pero de todas esas técnicas, hay que tenerlo en cuenta, también podríamos ser víctimas. El catálogo que se despliega ante nosotros es tremendo: podrían ser utilizadas para suprimir molestos remordimientos, anular el rastro de hechos delictivos, corregir nuestra percepción de determinados acontecimientos y hasta emplearse para inducir falsos recuerdos. Pisamos ya las fronteras de la moral y el panorama resulta inquietante.
Además, buena parte de lo que somos es lo que recordamos. Estamos construidos con materia de nuestra memoria. Y nuestra mente nos protege a veces de nuestro yo profundo, consiguiendo que nos perdonemos muchas cosas y dibujando una imagen más o menos aceptable de lo que somos. ¿Aceptaríamos una suerte de cirugía estética de nuestros recuerdos? Seguro que la cosa tendría su público.