Periódicamente, hatillos de nuevas palabras son incorporados al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), y periódicamente, desde que la docta institución publicó el primer “Diccionario de autoridades” allá por 1726, alguna polémica se levanta por los nuevos vocablos admitidos o por los que ya lo están. El lenguaje es un cuerpo vivo, multiforme, caprichoso a veces, de naturaleza especular con respecto a los seres humanos y las sociedades que lo hablan. Puede de esta forma acoger lo sublime y lo miserable, lo tierno y lo procaz, lo solidario y lo ofensivo, el elogio y el insulto, lo mejor y lo peor. Es, en el fondo, un catálogo de lo que somos, nuestras palabras nos hacen, y viceversa.
El DRAE está concebido para consultar el significado de las palabras que se usan hoy, pero también para comprender el de las utilizadas, pongamos por caso, en un texto de Lope o Góngora. La Real Academia estudia los nuevos términos y las nuevas acepciones que se dan a los ya recogidos en el diccionario (como, por ejemplo, carroza) y les da carta de naturaleza incorporándolos a las páginas del indispensable tocho –y a la web, cuyo uso se ha incrementado exponencialmente– tras un periodo de cinco años de cuarentena, que es el tiempo estimado para comprobar si realmente se consolidan. También revisa los términos antiguos para, cuando proceda, contextualizarlos y advertir su condición de arcaísmos.
Pero aclaremos algo fundamental: el DRAE acoge palabras, pero no promueve su uso, como se recuerda con frecuencia desde la venerable y activa casa. Contiene insultos y términos despectivos porque el idioma los contiene, pero, naturalmente, no obliga a usarlos. Alberga, claro, elementos racistas, machistas y ridiculizadores, pero por la única razón de que existen en la lengua en la que hablamos, como los hay inevitablemente en otros idiomas, porque, reitero, la lengua refleja el cuerpo social donde se usa, y hasta puede que sea, con matices, un exponente de lo que se cuece en las marmitas del inconsciente colectivo.
El DRAE indica con cuidado si un término es obsceno, vulgar, coloquial, despectivo o está en desuso. Por eso resultan en mi opinión ociosas, buenistas, y algunas capciosas e interesadas, las campañas que pretenden la eliminación de alguna palabra considerada ofensiva o denigratoria para algún colectivo. Hay algún cruzado de la causa que, con buena intención, no lo dudo, habla del lenguaje como de un campo de batalla y un elemento de dominación que hay que desenmascarar, condena las habitualmente neutrales posiciones de la Real Academia por conservadoras, y define el diccionario como un instrumento de poder, como si el libraco de marras se pudiera moldear para hacer distintas a las personas cuyo idioma recoge, lo que vendría a ser algo así como si, por medio de una hipotética manipulación genética del lenguaje, pudieran ser extirpadas la intolerancia o el racismo del carácter de determinados hablantes y, por extensión, del segmento de la sociedad aquejado de tanta mala leche.
Es una postura idéntica a la del avestruz que esconde la cabeza cuando advierte algún problema. Eliminada la palabra del diccionario, eliminada la contrariedad políticamente incorrecta. En fin, no sé si es un rasgo de voluntarismo ingenuo o un tic de totalitarismo doctrinario, o ambas cosas. Contra el odioso racismo y otros excesos de parecida laya cabe la denuncia, pero no creo que haya que enviar al exilio las palabras. ¿Cómo íbamos a entender a Quevedo si pasáramos la garlopa de la corrección sobre su áspero antisemitismo? El jodío cojo debió de ser un personaje poco ejemplar en detalles de su comportamiento, pero de lo que no hay duda es de que sí fue un escritor formidable. Cuidemos el lenguaje, utilicémoslo con tiento y precisión, y, ya fuera del diccionario, seamos duros contra todas esas lacras que persisten bajo la costra de la costumbre.