En el imaginario particular alimentado por los deslumbramientos desordenados de la educación sentimental, uno guarda la imagen de integridad, coraje y superación de Jean Valjean, protagonista del colosal novelón de Victor Hugo ‘Los miserables’. Un hombre que, por robar unas hogazas de pan para dar de comer a sus sobrinos hambrientos, es condenado a cinco años de prisión aumentados hasta diecinueve por sus intentos de fuga. Cuando logra escapar de manera definitiva, vive instalado en una libertad precaria siempre amenazada por las pesquisas del infatigable y siniestramente tenaz inspector Javert.
Por estos motivos anclados en el rincón de las epifanías adolescentes y, naturalmente, por razones de humanidad, resulta imposible desterrar la indulgencia hacia quien, impulsado por la desesperación de la gazuza, roba un alimento como último recurso.
Leo, como habrán leído ustedes, la descripción del asalto a una sucursal de Mercadona de la localidad sevillana de Écija por un grupo de miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) comandado por José Manuel Sánchez Gordillo, diputado regional y parece que alcalde perpetuo de Marinaleda, y la de otro de similares características registrado en una tienda de Carrefour en Arcos de la Frontera (Cádiz), aunque este frustrado por la intervención de la Guardia Civil y los empleados del establecimiento, y luego solventado con un botín de compensación.
Busco en el relato y las imágenes del asalto de Écija ese estremecimiento de acto desesperado, de autenticidad, algún rastro de la clandestinidad forzada de Jean Valjean, de su crispación ante la adversidad, de dramatismo, de riesgo al menos... Y no lo encuentro. Veo, más bien, un acto de vanidad exhibicionista teñido de matonismo, una maniobra que convierte el noble y durísimo oficio de la necesidad en simulacro de rebelión de las masas mirando a los telediarios. Solo faltaba la banda municipal de Marinaleda interpretando ‘La Internacional’ mientras la aparentemente poco famélica legión desfilaba con sus carritos llenos de los productos robados o, en la terminología de los asaltantes, “expropiados a los expropiadores”. En el carnaval de las palabras, los disfraces, llámenlos si quieren eufemismos, están a la orden del día.
Parapetado tras su inmunidad parlamentaria y la solidaridad de sus compañeros de Izquierda Unida, el pintoresco diputado y alcalde, gran propagandista de sí mismo, juega al corro de la patata (y el aceite, el arroz y las alubias) de la moda antisistema.
Está dentro y está fuera, gran prodigio cuántico de la ubicuidad revolucionaria, sin desprenderse de su kufiyya así lo aspen; con el pañuelo palestino planchadito sobre los hombros, promueve la ocupación de fincas y consigue que su pueblo sea probablemente el más subvencionado de España en proporción al número de habitantes. Un tipo hábil el tal Gordillo, capaz de estar en misa y repicando. ¿Hasta dónde llegará en su estrategia mediática de hacer que “esta crisis la paguen los capitalistas”? ¿Seguirá la pista hasta del último céntimo de los ERE fraudulentos de Andalucía? ¿Denunciará, incluso aunque sean correligionarios suyos, a todos los cómplices en el gran desastre de las cajas de ahorro?
En fin, entramos en el resbaladizo terreno de la demagogia, que es su hábitat natural, pero no el mío. Y es más, me parece impúdico y canallesco hacer malabarismos demagógicos con el hambre. Me sigo quedando con Jean Valjean, aunque reconozca que hay muchos más miserables en la gran novela de la vida.