Este pasado fin de semana se han celebrado las Fiestas de San Bartolomé en la población zaragozana de Borja. En dicha fiesta el protagonista no será el santo sino el ecce homo restaurado hace unos días por la vecina Cecilia Giménez, única noticia relacionada con el mundo de la cultura en este agosto que ha merecido la atención de diarios tan prestigiosos como The Guardian, The New York Times o Le Monde, tres de las sagradas cabeceras de la prensa mundial. El párroco del Santuario de la Misericordia, donde está el ecce homo, quiere que el cuadro se tape durante la ceremonia para no dar lugar a mofas por parte del numeroso público que asistirá al evento. Le mueve en esto una preocupación genuina, pastoral, cargada de sentido común, sobre lo que se supone tiene que ser un acontecimiento ritual.
El alcalde de Borja, Miguel Arilla, por su parte, es partidario de que la imagen se muestre sin velar por aquello de no generar más polémica e intentar que las cosas vuelvan lo más pronto posible a su cauce y, de paso, asegurarse la riada de turistas que han invadido estos días la localidda. Al alcalde le mueve en esto una sana preocupación por el pueblo que representa, sabedor de que las cosas de este mundo poco o nada tienen que ver con pudores de fe. Habría que decirles, tanto al párroco como al alcalde, que de todas formas no se preocupen mucho por la algarabía formada: le queda como mucho una semana, justo el tiempo de llegar a septiembre, donde la ironía posmoderna de que ha sido objeto doña Cecilia Giménez, en un no asumido imaginario de brutal clasismo, como cuando en la radio o en la televisión se hacía escarnio en otros tiempos del paleto o de la Maruja simpática y un tanto senequista, se diluya en aras de la realidad más lacerante, la que marca el calendario político, social y económico del país.
Doña Cecilia Giménez, en una semana, pasará de guardar cama por un estado de ansiedad a sus 81 años a tener que habérselas en solitario con Florencio Garcés, el párroco, que le dirá algo así como, “qué lío has armado Cecilia este verano”, y como en las películas que tienen como protagonista a ese maño protagonizado por Paco Martínez Soria, espejo en que la posmodernidad, tan rancia, ha querido su continuidad en Cecilia Giménez, la restauradora se dirá, “aquí paz y después gloria”. Si se lo dice, ojalá, a doña Cecilia le asistirá toda la razón: en el fondo, desde Nueva York a Londres pasando por París, Madrid y demás conglomerados humanos y mediáticos, lo del ecce homo les ha servido para ilustrar su propia impotencia adornada con sentido del humor y de ironía, sin darse cuenta de que si han tenido que recurrir para rellenar algo en agosto a un suceso así, conducido, eso sí, por nuestra prensa nacional, lo más honesto sería comenzar a pensar en cerrar el chiringuito por decencia profesional.
De ahí que no termine de entender, porque no quiero, a qué se debe tanto ruido mediático. El cristo decimonónico, relamido, no tiene ningún valor artístico aunque supongo que para el Santuario de la Misericordia posee un alto valor patrimonial, como el cariño que uno tiene a un objeto que reposa en el comedor de su casa durante generaciones aunque sepamos que en una almoneda no nos darían más que unos cuantos euros. El relamido cristo ha sido sustituido por algo tan increíble que en el fondo ha causado estupor porque nadie quiere reconocer que detrás de esos rasgos pintados de una manera tan torpe pero, sobre todo, sin normativa alguna, se encuentran trazos de pincel propios de la pintura del siglo XX.
Porque, en definitiva, ¿no resulta algo extraño el ruido histérico causado por la restauración de doña Cecilia?, ¿no les parece sospechoso que la cosa haya adquirido tamaña proporción? Pregúntense la razón de ello y probablemente no lleguen a puerto alguno, pero quizá, es probable, recuerden algunas compras de la Tate y otros museos de Europa y Estados Unidos, de artistas cuestionados más tarde por ser sujetos de ciertas desconfianzas respectos al valor de sus obras. Tengo para mí que todo este ruido mediático respecto al ecce homo, convertido en sainete globalizado, tiene que ver mucho con las nuevas tecnologías, claro, pero también con cierta culpabilidad a la hora de enfocar el arte de nuestro tiempo, un arte que la mayoría asume pero no gusta de él porque no le satisface. En la restauración del ecce homo de Borja nuestro imaginario se ha reflejado en sus complejos, en sus culpas… es la lección que podemos sacar de tan lamentable espectáculo antes de que nos tengamos que enfrentar a la estética social realista de los recortes que vienen.