Ríanse ustedes de eventos musicales como el comienzo de la gira mundial de Coldplay en Madrid hace un par de meses, o la reciente exquisitez operística cocinada con mañas manieristas por Sylvain Cambreling y Robert Wilson en el Teatro Real con “Peleas y Melisande” en el menú, o la estimulante presencia de Erikah Badu –¡que señora!– hace algunas semanas en el Price. Esos son solo algunos de los brillos puntuales, superficiales y superferolíticos, de la razonablemente robusta oferta cultural y musical madrileña, irrigada de forma permanente y en proporción creciente por un circuito sonoro cuya variedad y cantidad es directamente proporcional a la fuerza con que retumban los tambores de la crisis en el interior nuestros cráneos, a la vez que ponen fondo sinfónico percuciente a la atmósfera social en que vivimos sumergidos.
Hablo de música literalmente subterránea, un caudal de sonidos y melodías que viaja por las arterias profundas de la ciudad, el gran concierto itinerante y plural de la música precaria, los múltiples formatos con que nos obsequian unos intérpretes que tienen por partitura la gazuza. Me refiero, en fin, al oficio de la necesidad hecho ritmo: los músicos del metro. Ya utilizaban desde hace tiempo como funcional sala de conciertos los vestíbulos y pasillos de algunas estaciones con nutrido tráfico de viajeros, una suerte de despacho profesional menos eventual de lo que quisieran y cuya minuta, a depositar en la gorra o el receptáculo apropiadamente puesto bien a la vista del que pasa, queda al albur de la generosidad ambulante de un público que, camino de sus quehaceres y destinos, puede agradecer con su óbolo el regalo de unas armonías inesperadas, una caricia sonora, el vuelo de un recuerdo hilvanado al dobladillo fugaz de una canción.
Ahora, cada vez más, los músicos del metro se asoman también al interior traqueteante de los vagones poniendo una cesura musical a las cuitas ensimismadas de los viajeros, que leen –ellos periódicos y ellas libros por lo general–, comparten en voz alta y con el móvil pegado a la oreja sus vacuas intimidades con los demás pasajeros, juguetean con algún dispositivo electrónico portátil, miran a las musarañas o disimuladamente escrutan a otros anónimos compañeros de travesía, y hasta pueden estar escuchando su propia selección musical en alguno de esos adminículos ad hoc que proliferan anidados en las orejas de los transeúntes.
Por el precio de un billete de metro y sin cambiar de línea, uno pude disfrutar de un animado catálogo de músicas del mundo. Si esto no es globalización, que baje Dios y lo vea. Hay intérpretes solitarios, guitarra acústica en ristre, que reeditan la garganta rasposa de Sabina o se entregan a los arpegios cómplices de algún otro cantautor más o menos sentimental y canalla. Hay también cantantes a capela, y quien acarrea su cajita de ritmos sobre la estructura de un carrito de la compra y devana los hits de hace décadas. Hay quienes actúan por colleras o en grupo aproximadamente familiar, lo que tiene sus ventajas a la hora de pasar la gorra. Hay tipos con acordeón, con vibráfonos, con cítaras semejantes a la utilizada por Anton Karas en ‘El tercer hombre’, con organillos eléctricos, con violines y violones... He visto a un dúo de venezolanos-canarios, como se definen, en el que uno rasguea las cuerdas de su guitarra y el otro rapea vertiginosamente, improvisando sobre los ocupantes del vagón: requiebros a las niñas bonitas, alusiones a lo que se lee o a las actitudes de su auditorio...
Hay variedad de etnias, culturas y nacionalidades: lugareños, balcánicos, subsaharianos, yanquis, iberoamericanos y gitanos, aunque no recuerdo haber escuchado a ningún oriental. El repertorio es definitivamente ecléctico, de la ópera al pop, del flamenco al bolero, del hip-hop a las melodías clásicas, de la balada al tema instrumental. Una radio-fórmula universal.
Corto y cierro con una aportación insólita que agrega una capa más de barniz cultural a la abundosa oferta: la de un rapsoda añosamente ‘golfemio’. He asistido a su representación en diversos trayectos. Es un señor con barba y raído aliño de profeta que tiene hechuras de san Jerónimo recién escapado de un lienzo de Ribera. El eremita trashumante suele recitar, en gallego y castellano, un poema de Rosalía de Castro –”Adiós, ríos; adiós, fuentes; / adiós, regatos pequeños...”– ilustrado con breves datos biográficos de la autora. Últimamente ha cambiado el registro lírico por el epigramático, optando por la composición “Saber sin estudiar” –ya dije que era un profeta– de Nicolás Fernández de Moratín, cuyo comienzo, que todos ustedes recordarán, es el popular “Admiróse un portugués...”. Lo declama, ajeno al desinterés de los espectadores, en el tono neutro y cantarín con el que debió de aprenderlo años ha en la escuela. Todo un profesional de la cosa.