Opinión

Generaciones

Juan Ignacio García Garzón - JUEVES, 15 DE DICIEMBRE DE 2011

He estado en un tris de adjudicar a este texto otro título: ‘Las tres edades’, evocando un par de obras pictóricas así tituladas, la de Hans Baldung que se exhibe en el Museo del Prado y la de Gustav Klimt, que alberga la Galería Nacional de Arte Moderno de Roma. Pero en ambas aletea un algo inquietante, tal vez la anunciada presencia de la muerte, lo que las aleja de mis propósitos a la hora de apañar estas líneas. La verdad es que solo pretendo hablar de tres actrices, simultáneas, pero cada una, sí, de una edad distinta y distante de las de las otras dos, por eso he preferido utilizar la vitola de generaciones, esas convencionales lonchas cronológicas que nos sirven para ordenar y compartimentar la corriente continua, tumultuosa, diversa de las vidas humanas proyectadas en el tiempo.

Dirigidas por Gerardo Vera, estas tres actrices especiales coinciden por primera vez sobre un escenario, el del Teatro Valle-Inclán, en una obra que desata un laberinto de pasiones, un melodrama excesivo, como la vida misma lo es: ‘Agosto (Condado de Osage)’, del estadounidense Tracy Letts (Tulsa, Oklahoma, 1965), que obtuvo por ella el premio Pulitzer de teatro en 2008 y cuyo montaje en Broadway logró cinco Tonys, entre ellos el de mejor obra.

Por fin diré sus nombres; las tres damas de la escena son, por orden de aparición en el mundo y en el espectáculo al que me refiero, Amparo Baró, Carmen Machi e Irene Escolar. Tres generaciones. Una veterana formidable, una actriz en el mejor momento de su carrera y una jovencísima maravilla. Las tres muy brillantes. En la función son madre, hija y nieta, respectivamente. Tres fuerzas de la naturaleza que coinciden en el viejo y sofocante caserón familiar, un edificio desvencijado convertido en metáfora de una situación en ruinas, en símbolo material de la herencia envenenada de su estirpe. La familia en muchos casos es, ya saben, ese lugar donde habitan los monstruos.

Pero no voy a detenerme demasiado en el montaje, solo un momento, lo justo para recomendarles con entusiasmo y hasta energía, si me lo permiten, que no se lo pierdan. Ya he dicho que quiero hablar de las actrices –otras cuatro (Sonsoles Benedicto, Alicia Borrachero, Clara Sanchis y Marina Seresesky) intervienen de manera notable en una obra en la que los hombres son presencias tangenciales– y subrayar de paso cómo las generaciones teatrales se entrelazan, se superponen, contribuyen solidariamente a preservar un patrimonio intangible, precario, perdurable y cómplice, que se remonta más allá incluso de los azares nómadas de los viejos cómicos de la legua. Un pacto con los espectadores, un legado que convierte el fingimiento en una poderosa manifestación de lo verdadero, esa verdad de las mentiras a la que tantas veces se ha referido Mario Vargas Llosa para explicar el carácter maravilloso de la creación literaria. Refiriéndose más en concreto a su profesión de actor, José Luis Gómez lo ha expresado hermosa y certeramente: “El carácter efímero de la experiencia, en presente, del actor y del espectador los vincula de modo poderoso, ata carne y tiempo y les permite compartir el privilegio y fugacidad de una duración fuera de la vida ordinaria. Es uno de más grandes resortes del teatro”.

En ese mester envidiable de atar carne y tiempo andan empeñadas estas tres grandes actrices. Amparo Baró, la de mayor experiencia, ha vuelto a las tablas tras más de doce años ocupada en series televisivas de longevo éxito; la recordarán como la madre de armas tomar que se hartaba de dar collejas a Javier Cámara en ‘Siete vidas’, y el ama de llaves que estaba en posesión de muchos de los secretos de ‘El internado’. A sus espaldas tiene una carrera teatral impresionante en la que ha interpretado obras de Bernard Shaw, Molière, Chéjov, Jardiel, Giradoux, Rattigan, Anouilh, Hare, Neil Simon, Shaffer, Lillian Hellman, Mihura, Frayn, Ibsen... Ahora ha vuelto a escena como matriarca vitriólica en un trabajo memorable. Su cara a cara con Carmen Machi, que encarna a una de sus hijas en la ficción, atesora intensos momentos de violencia verbal y hasta física, pero sobre todo emocional.

Por alusiones y porque ocupa el segundo peldaño del escalafón generacional que vengo urdiendo, le toca el turno a Carmen Machi, intérprete que se ha ido fajando en el teatro denodadamente hasta que el escopetazo del éxito acertó en su diana en forma de personaje televisivo: Aída, que da nombre a la serie del mismo título, nacida como lo que en la jerga catódica se conoce como ‘spin-off' de, precisamente, ‘Siete vidas’. Ya popular para el gran público, se consagró como gran actriz con ‘La tortuga de Darwin’, una obra de Juan Mayorga dirigida por Ernesto Caballero, por la que recibió numerosos premios. Después de diversos proyectos teatrales y cinematográficos, en apenas un par de meses ha encadenado dos trabajos de los de quitarse el sombrero: ‘Juicio a una zorra’, un monólogo de Miguel del Arco en el que, encarnando a Elena de Troya, efectuaba una inteligente relectura en clave feminista, sensata y rabiosa de la historia mitológica, y este ‘Agosto’ de Tracy Letts, en el que encarna a una mujer amargada y lúcida que mantiene un pulso titánico con su madre.

Sobre la más joven, Irene Escolar, lo más socorrido sería apelar al refranero y sentenciar que de tal palo tal astilla o que de casta le viene al galgo, pues es nieta de Irene Gutiérrez Caba y, por ende, su carrera se engasta en una larga tradición profesional familiar. Quizás su dotación genética incluya algún secreto material hereditario que justifique ese brillo especial que desprenden sus interpretaciones, pero uno cree más en la fuerza del trabajo y en el ejercicio del talento natural. Con solo un puñado de trabajos teatrales ha demostrado su categoría como actriz de ley, lista y vehemente, creciendo en cada uno de ellos: ‘Días mejores’ de Richard Dresser, ‘Rock’n’Roll’ de Tom Stoppard, ‘El mal de la juventud’ de Ferdinand Bruckner, y ‘Oleanna’ de David Mamet. En la pieza de Letts es nieta de Amparo Baró e hija de Carmen Machi, y hace honor a esa genealogía ficticia.

Ya se lo he advertido, no se pierdan ‘Agosto (Condado de Osage)’, tanto por las bondades de la obra y el montaje como por asistir a una rara y magnífica conjunción generacional sobre el escenario. Todo un acontecimiento.

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