“Una comunidad con tejido industrial, con empresas que se apuntalan unas a otras, desarrolladas, diversificadas, que requieren mano de obra cualificada, que generara un aumento de la productividad… puede resistir mejor los momentos de crisis y crear empleo en los tiempos de bonanza, más eficiente y duradero”, explica Gloria Moreno, profesora de Economía Aplicada de la Universidad de Alcalá de Henares: “Ahora bien, una autonomía como la extremeña, donde no existe industria, donde gran parte de su economía se vincula al sector servicios, a la administración, con empresas muy básicas que no necesitan de gran cualificación… tendrá dificultad para emplear a su población”.

Así ha sido desde hace décadas, desde los inicios del siglo XIX que marcan los del XXI, y así va a seguir siendo según los manuales de Estructura Económica de España y una proyección de la serie histórica de los datos del desempleo que se recogen desde 1977. Desde esas fechas, Extremadura, o las islas Canarias o Murcia o Andalucía han tenido más desempleo que Cataluña, Madrid o el País Vasco. Todo ello por la desigualdad de las regiones españolas, como retratan sus niveles de renta: 31.314 euros por habitante en el País Vasco y 16.828 euros en Extremadura, la que más y la que menos.
Para empezar a corregir esas diferencias, ese atraso con respecto a las comunidades que han tomado todos los trenes del desarrollo desde los inicios de la revolución industrial, se necesitarían empresarios. “Pero eso, en el sentido más positivo del término, ni especuladores ni rentistas, es algo que no se improvisa. Eso es una cultura, una idiosincrasia que está en el País Vasco, pero que no está en Extremadura ni en otras comunidades. Cuando se desmanteló la industria pesada, en el País Vasco supieron reconvertirse. En Asturias, cuando se cierra la minería no. En País Vasco y Asturias la inversión inicial de aquella viejas industrias fue pública, pero en el primero se desarrollaron otras empresas privadas a su alrededor y en Asturias no”, recuerda Santos Ruesga, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid.
El problema de que no exista un espíritu emprendedor, de que no haya existido en el XIX una burguesía inquieta por generar riqueza, es que ha conseguido crear un círculo del que no se puede salir, o al menos con mucha dificultad: si no hay empresarios, no hay tejido industrial, si no hay tejido industrial básico resulta más difícil que surjan nuevas compañías y si cuando llegan inversiones auspiciadas por una actitud paternalista del Estado o de correctora de las desigualdades, estas no fructifican porque no hay espíritu empresarial que aproveche esas oportunidades más allá de hacerse con la subvención, nunca se creará tejido industrial, más bien ficción industrial. Conclusión: siempre se estará en inferioridad de condiciones con otras autonomías más dinámicas, siempre se tendrá más desempleo. Y las inversiones no aportarán nada, será tirar dinero porque para corregir las desigualdades históricas no se necesitan inversiones, se necesitan grandes inversiones.
“Aquí las autonomías han fallado”, lamenta Ruesga: “Por su cercanía podrían haber identificado más fácilmente los problemas y haber llevado a sus zonas a empresarios, haberles atraídos a ellos y actividad económica. Podían haber generado incentivos para conseguir de fuera lo que nunca has tenido… pero no lo han hecho. Y ahora ya resulta más complicado, muy difícil atraer a empresas que están en zonas de desarrollo consolidadas, que se suman a otras de sus sectores, donde tienen firmas que les pueden ayudar en sus negocios. Además, ya no puedes jugar con regalar suelo o eximir de impuestos porque ya no son empresas que necesiten mucho suelo. Ahora son tecnológicas. A ver quién se va a ir de Barcelona o Madrid al páramo castellano”.
O sea, que como hace 300 años no se desarrolló una burguesía que quisiera algo más que rentas agrarias para tener casa en Sevilla o Madrid, difícilmente, por situarnos en Extremadura, su valle del Jerte se transformará en el ‘Jerte Valley’, tendrá a los mejores investigadores, creará las mejores universidades del mundo, empresas tecnológicas, de biomedicina e Internet, de industria aeroespacial, un para de bancos internacionales, importar a las mejores firmas globales de capital riesgo, que los chavales sean bilingües, que todo extremeño sea empresario…
“O sí”, contesta José María O’Kean, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla: “A lo largo de la Historia ha habido países que han partido de buenas posiciones económicas y han ido a menos. Y viceversa. Entre los primeros está Japón. Y entre los segundos, Corea del Sur, por ejemplo. Aquí lo importante es lo que haga cada uno, eso importa. Si inviertes en I+D+i crecerás. Si tomas una acertada decisión para el futuro, crecerás. Pero hay que acertar sobre el modelo del futuro, no reproducir los del pasado. Asumir riesgos, arriesgar. Ese es el camino para acabar con las desigualdades”.
Puede ser: la Teoría de la Convergencia, clásica, sostenía que todos los países o regiones de una misma zona acaban teniendo la misma renta. El problema es que no contaba con las nuevas tecnologías que hacen que a quien goza de una buena posición económica ya, sus inversiones fomenten un crecimiento que le distancia más de las zonas retrasadas.