Cuenta la historia, en la que no se sabe cuánto hay de leyenda, que 300 espartanos pararon a un millón de persas en el angosto paso de las Termopilas. No recuerdo en qué diálogo cinematográfico uno de los actores pregunta al que le contaba la historia qué pasó con los guerreros espartanos, y la lacónica respuesta fue: “Murieron todos”.
El enfrentamiento entre el gobierno griego y la Unión Europea, en el que los mandamás de la Eurozona quieren hacer entrar en razón a los díscolos griegos, recuerda en algún punto a esta historia.
Los actuales griegos, como los antiguos espartanos, no aceptan que los persas que representan los países poderosos de la zona euro les impongan un programa de reducción de su déficit, que empobrezcan aún más al país que fue la cuna de nuestra cultura.
De no aceptar el sacrificio, a pesar de que el primer ministro griego corra como Filípides el maratón, desde Bruselas a Atenas, para anunciar la nueva, los bravos guerreros griegos también morirán.
Guste o no, Grecia no tiene alternativa. Su relación con la Unión Europea se basaba en el bonito juego de tú me engañas, yo te engaño, y todos contentos mientras el dinero lo pongan otros.
Desde su entrada en la Unión Europea, Grecia ha sido uno de los principales compradores de armas a los alemanes y franceses, con el peaje habitual a los norteamericanos. Su ejército tiene un tamaño desmesurado para su defensa porque Occidente necesita un muro de protección para cualquier devaneo militarista que pudiera venir de Oriente, sobre todo de los países musulmanes. El 11-S reforzó aún más esa hipotética necesidad y los griegos eran unos compradores de armamento compulsivos.
A cambio de ese sacrificio, la banca alemana y francesa, principalmente, inyectaban dinero al país, dinero que a su vez gastaba en las armas y en algún que otro capricho como artículos de lujo, coches de alta gama y unos privilegios sociales desmesurados no para ser el Estado del Bienestar, tan querido para los socialdemócratas, sino el Estado de la Holganza elevada a la quinta potencia. No en vano la palabra hedonismo viene del griego y el concepto trabajo y esfuerzo no figura en su diccionario. Jubilaciones a los 40 años, con pensiones de escándalo. Miles y miles de funcionarios muchos de los cuales ni sabían donde estaba su puesto de trabajo. Un sistema fiscal inexistente, hasta el punto que se podría acuñar la frase: “Eso es más difícil que ver a un griego pagando impuestos”.
Tú me engañas, yo te engaño, y tan contentos todos. Pero el tsunami de la crisis económica mundial ha desbaratado tan idílico escenario y los griegos se encuentran ahora con que deben más dinero del que pudieran acumular en decenas de años. Los países poderosos de la Eurozona han encontrado un agujero en sus cuentas que les ha quitado la respiración, por eso quieren que Atenas vuelva a la cordura.
Pero han vivido tanto tiempo en la mejor de las holganzas que los griegos han dicho nones. Como los antiguos espartanos, siendo un puñado en comparación con los habitantes de la vieja Europa, han cerrado el paso de las Termopilas –en la Plaza Sintagma– y nos han quitado la respiración a todos. Claro que, como contaba aquel actor de la película, si continuan con esa actitud morirán todos. No hay que olvidar que los persas recogieron sus bártulos y se largaron. Vamos, que los indolentes griegos nos tienen al resto de europeos cogidos por donde duele y quizá estemos asistiendo al rapto de Europa. Pero esa es otra historia de la mitología griega.