Opinión

El color del dinero

Eduardo Aguirre - JUEVES, 10 DE MAYO DE 2012

Ah, el dinero, quién lo ha visto y quién lo ve. El poderoso caballero se ha quedado en cueros, y desde luego -visto lo visto- conoció tiempos mejores. No obstante, quien tuvo… retuvo. Alguien, y juro que no he sido yo, acaba de pagar 86,8 millones de dólares por un cuadro de Rothko, el místico del cromatismo abstracto. Se suicidó en 1970 porque, entre otros inescrutables detonantes, no pudo asimilar toda aquella nueva riqueza que había caído sobre él con la venta de sus cuadros, a través de marchantes de lujo y galerías de cinco tenedores. Un día, sus amarillos y rojos se le tornaron rapsodia en blue. No es habitual suicidarse cuando más éxito se tiene, pero tenue es la frontera que en algunos artistas separa el paraíso del infierno.

Mucho después, Felipe González avisó que también puede uno morirse de éxito. Y más aún de fracaso, añadimos nosotros. González, con su amplio conocimiento de la erótica del poder, avisaba a los navegantes sobre los peligros de la autocomplacencia excesiva. Hoy el ex presidente del Gobierno es un cadáver exquisito. Ni siquiera él mismo se hizo caso.

Más allá de eso que llaman la oferta y la demanda, 86,8 millones de dólares es mucho dinero por un cuadro, aunque sea tan hermoso como lo es este. Casi es mejor escribir la cantidad en euros, para que se nos haga más llevadera: 66,8 millones.

Uno creía que ya no quedaban ricachones, que la crisis los había extinguido como a los dinosaurios. Pues quedan. El dinerillo ha vuelto al interior de los colchones, eso es todo. Pero el gran dinero sigue ahí, a la espera de sus presas, sea un cuadro o una empresa.

Además, poco o mucho son conceptos muy relativos. La cantidad pagada por dicho lienzo es calderilla comparada con los 383 millones de dólares que Mel Gibson tuvo que pagar por divorciarse de su mujer. La ex tiene ahora para comprarse muchos rothkos. Por si a algún lector le interesa, está soltera y sin compromiso.

En cambio, a Rodrigo Rato no le habría dado para comprarse ‘Naranja, rojo, amarillo’, ese es el título de la obra, con los 1,3 millones de euros que ha recibido como indemnización por abandonar Bankia; tal vez, para una litografía. Rato ganó en 2011 la nada despreciable cantidad de 2,3 millones de euros, pero si quiere comprarse un rothko tendrá que seguir ahorrando. Dichoso él, que puede hacerlo.

Por motivos muy diferentes a los del genio del expresionismo abstracto, el capitalismo llevaba tiempo suicidándose. Ha jugado con fuego y ha hecho arder el dinero de los demás. Vive el ciudadano con la sensación de que el sistema está impregnado de gasolina.

Pobre Rothko, si vivo no entendió las paradojas del mercado del arte, menos ha de entenderlas muerto. Hizo susurrar a los colores, convirtiéndolos en misteriosas oraciones cromáticas, como un Walt Whitman de los pinceles. Van Gogh le estará dando palmaditas en la espalda. “Sé lo que sientes, Mark”. Ambos pintores fueron maravillosos coloristas, buscadores de verdad, capaces de irrumpir en el corazón de un amarillo, en los jirones de un azul, en el pálpito de un malva. Otro muy diferente es el color del dinero.

El capitalismo se ha hecho el harakiri en nuestras propias vidas. Así no vale.


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