Como los llamados medios de comunicación están un poco cansados de darle al tema de la crisis financiera, de los problemas económicos y de lo mal que está todo, nos han dado una ración de 15-M para ‘jartarnos’.
El pasado fin de semana todos los medios, y sobre todo las televisiones –el asunto da muy bien en imagen–, nos han brindado todo tipo de sesudos comentarios ingeniados por catedráticos de cualquier cosa, políticos de uno y otro signo y autoridades policiales, pasando por los de la señora Maruja, que estaba por la Puerta del Sol y aprovechaba también para dar su opinión.
Vamos, que nos hemos puesto morados con un hecho tan trascendente para la historia de la Humanidad que ya hoy sólo quedan los rescoldos en los medios. Ahora, sin duda, toca volver al cansino tema de los descerebrados de Bildu y la crisis de Bankia, que da menos juego.
Personalmente –hay que participar de la fiesta– me ha llamado la atención una de las pancartas que estos chicos del botellón político blandían como espada justiciera: ‘Lo queremos todo, y lo queremos ya’, rezaba. Es un resumen exacto de sus confusas reivindicaciones y sus inquietudes.
La mayoría de los participantes de la fiesta eran jóvenes, acompañados por algún maduro que quizá añoraba sus años de contestario, rejuvenecido y trasladado en su imaginación a los años mozos, a los que había que sumar a algún supuesto artista/actor/subvencionado, al que la cosa le venía muy bien para su imagen inconformista y progresista ante un público por el que no quiere ser olvidado.
No tenían la mayoría cara de parados forzados, sino más bien de parados voluntarios, que tenían cubierta sus necesidades básicas y no básicas, en casa de sus papás.
El citado eslogan de pancarta ponía de manifiesto lo que hemos hecho con nuestra juventud. Una masa carente de códigos de conducta que exijan el sacrificio y el esfuerzo, criados entre algodones con todos los mimos al alcance, que quieren todo. Quieren un viaje al Caribe, una noche de marcha con dinero en el bolsillo, el ‘buga’ de moda para moverse con los amigos, y un puesto de trabajo en el que les paguen más de mil euros, sin saber muy bien por qué.
Los pocos jóvenes que se han esforzado en sacar adelante sus estudios, que buscan hacer una sociedad mejor dando más que recibiendo, no creo que fueran muy abundantes en ese festival. Están preparando exámenes, descansando para ir frescos al trabajo y pensando de verdad en el futuro.
Lo quieren todo y ya, pero no preguntan quién paga la fiesta, quién pone el dinero para que ellos tengan más ilusión de vivir. Los padres no les recuerdan cuánto cuesta su tren de vida, porque proyectan –proyectamos– en ellos nuestros años de carencias, y ahora, como decía la abuela, “al niño que no le falte de ná”. Esa es la generación que hemos hecho. Y cuando vienen las vacas flacas, y papá no puede pagar los días de sol y playa, ni hay dinero para salir de marcha y la gasolina se ha puesto por las nubes, se indignan y montan su festival en la madrileña Puerta del Sol, sin aportar ideas, proyectos que permitan a la sociedad salir del agujero en el que estamos. Lo quieren ya, pero todo y para ellos. Los seis millones de parados les importan un bledo, las empresas que cierran también, pero hay que darles ya lo que piden, que no saben qué es.
El 15-M es, por tanto, un movimiento inexistente, producto de los realities de la televisión que tanto embrutecen. No hay líderes con ideas, buenas o malas, pero ideas. No hay proyecto, y de su mano no pasará nada. Porque en conjunto son hijos del mantra socialista que ha mandado en este país durante la democracia. Y, como decía aquella brillante definición, “los socialistas son comunistas cobardes que no se atreve a ir a las barricadas”. Un cambio social sin revolución no es posible –buena o mala–, y, sin su Lenin propio, el festival no pasará de un triste botellón.