Ordenando libros que el paso del tiempo había desplazado de los primeros liniales de mi modesta biblioteca, reencontré una pequeña joya de Fernando Díaz-Plaja, ‘El español y los siete pecados capitales’, un divertido análisis socilógico del carácter de los españoles.
La envidia aparece como el más importante de todos, y es, sin duda, la enfermedad nacional por excelencia. No hay sociedad más envidiosa dentro de los países de cultura judeo cristiana que la española. Los éxitos profesionales, amorosos, deportivos o de cualquier otro tipo son objeto de una envidia enfermiza y neurótica que no tiene parangón en otros lares.
De ahí que el emprededor sea objeto de todo tipo de investigaciones y puesto en tela de juicio permanentemente, sobre todo si triunfa en su actividad. Por eso no hay figura más desvalida socialmente que el empresario en nuestro país.
Revisando sus supuestos derechos, son inexistentes. Un pequeño empresario no puede incluirse en el Régimen General de la Seguridad Social. Forzosamente tiene que ser autónomo, lo que le priva de los privilegios que tienen los demás trabajadores, comenzando por el subsidio de las perceciones por paro. Su familia directa tampoco puede hacerlo si trabaja en su empresa, y así un montón de cortapisas en sus derechos por el hecho de ser empresario.
Cuando por razones del funcionamiento de su negocio necesita acudir al crédito bancario, por muy bien que vaya su negocio tendrá que avalar con los bienes de la empresa, los suyos particulares y la pensión de la abuela, las pólizas que firme.
Si el negocio va mal, sus trabajadores, uno o cien, no importa el número, tendrán subsidio de paro, recibirán la liquidación y la indemnización correspondiente, incluidos los salarios de tramitación (sic).
En cambio, el emprendedor no tiene derecho a ningún tipo de ayuda, los bancos embargarán todos sus bienes y los de su familia, perdiendo desde el domicilio familiar hasta los ahorros de su trabajo. Y frente a esta barbaridad, la sociedad es indiferente, porque la envidia –como deporte nacional–, no acepta que alguien con su esfuerzo se la juegue diariamente y además le vaya bien.
Ahora existe un rayo de esperanza. En el proyecto de Ley de Emprendedores se quiere incluir que existan bienes inembargables de los autónomos en caso de que se produzca el fallido de su negocio. Entre esos bienes está la vivienda familiar. De conseguirse eso habremos realizado un avance hacia el reconocimiento social de la labor de los emprendedores. Comenzaremos a tratarlos como personas que, entre otras cosas, aportan más a la sociedad de lo que reciben.
Confiemos en que salga adelante esta cláusula en la nueva ley, aunque sospecho que la banca moverá todos sus hilos para impedirlo, porque el aval personal que exigen a sus clientes modesto,s como los autónomos, en gran medida se aferra a la vivienda de los mismos.
Cuando visité Nueva York por primera vez, una cosa que me llamó la atención fue que las pocas pequeñas estatuas o bustos que había en sus calles eran de empresarios a los que la ciudad les agradecía su aportación a la comunidad. Viniendo de una ciudad como Madrid, donde los santos o los espadones eran los motivos ornamentales –incluso es la única que tiene una estátua dedicada al demonio–, entendí por qué unos países avanzan y otros viven estancados.