El domingo, los empleados de UGT y Comisiones Obreras organizan una manifestación en protesta por la reforma laboral. Los empleados sindicales, únicos “trabajadores” de este país que no han sufrido merma en sus salarios (incluso han tenido jugosas subidas), caminarán detrás de la pancarta que llevará el banquero Ricardo Martínez, que tiene un sueldo que daría para mantener unas cuantas familias de trabajadores en paro.
Sospecho que Cándido Méndez, si es que aparece, ocultará su Rolex submariner de acero y oro, que es un reloj de categoría Premium que muy pocos currelas pueden comprar. A no ser que al glotón de Méndez le hayan hecho un precio especial por ser un insigne defensor de los trabajadores o se lo haya regalado a escote la plantilla de alguna empresa que ha cerrado gracias a los desvelos de su sindicato, tan preocupado por el paro.
El otro baranda de la cosa, el tal Toxo, seguro que va, porque al ser domingo estarán cerradas las agencias de viajes y no podrá utilizar su valioso tiempo en mirar los catálogos de los cruceros, y más ahora que no tienen buena imagen después del accidente en la isla Giglio.
La duda es saber cuantos de los casi seis millones de parados acudirán a ponerse detrás de las pancartas de tan eficaces sindicatos, porque a lo mejor no les llega el dinero para el bonobús y no pueden asistir.
Al margen de que las organizaciones sindicales fueron domesticadas muy efectivamente por la oligarquía económico-financiera de este país, su estructura cada vez se parece más a la de una organización mafiosa que sólo vela por los intereses de sus miembros y les importa un bledo el mundo laboral.
Las grandes empresas y la gran banca los tiene perfectamente amaestrados. Con la connivencia del poder político les atizan ingentes cantidades de dinero, les disfrazan sus pufos económicos, y los tienen en palmitas.
En cierta ocasión le pregunté al presidente de una gran empresa cómo había logrado tener la paz laboral de la que gozaba, cínicamente me dijo: “Cada miembro del comité de empresa tiene un Audi de la empresa como coche de representación, y matan como alguien intente privarles de él”. Así no había y no hay huelgas en las grandes empresas. De vez en cuando alguna pequeñita en empresas públicas. Y ya está.
El chantaje sindical lo sufre la mediana y la pequeña empresa que teme más que a un nublado a los despachos de los abogados laboralistas de esta mafia, porque el peaje es obligatorio. ¿Qué quieres hacer un ERE? Pasa por el despacho y lo arreglamos. ¿Un convenio bueno para la empresa? Pasa por el sindicato con el maletín y lo hacemos.
Resolver el problema del paro, de los seis millones largos que tenemos, pasa necesariamente porque los trabajadores sean los que cierren los sindicatos. Esas antiguallas del silgo XIX no tienen sentido ni valor alguno hoy en día. Es sólo el abrevadero donde se alimentan los listos que no quieren trabajar a costa de los que sí lo hacen. El domingo será un muy día interesante para conocer el nivel de la inteligencia media del país.