Opinión

¿Cuánto falta para llegar?

Miguel Ángel Jiménez - LUNES, 12 DE MARZO DE 2012

Había un viejo chiste, en el que un niño le preguntaba insistentemente al padre cuánto faltaba para llegar a América. El padre, una y otra vez, le respondía que un poco más. Hasta que harto de la pregunta le respondió irritado: “Niño, aún falta tiempo. Tú sigue nadando y cállate de una vez”.

Hoy, mucha gente es como el niño del chiste y pregunta, una y otra vez, cuánto falta para salir de la crisis. Hasta que comenzó, vivíamos en el mejor de los mundos. Había dinero para todo y los bancos repartían créditos para la segunda vivienda, el consumo y los viajes como quien reparte caramelos. Aquello era jauja. Nuestros primos alemanes, ingleses, franceses y norteamericanos nos daban dinero a espuertas para invertir en la segunda vivienda o comprarnos un coche más grande.

Y, de repente, todo explotó. De la noche a la mañana nos volvimos pobres y nuestros acreedores aparecieron en la puerta con un manojo de facturas. Ya no éramos ricos, éramos unos pordioseros del sur de Europa y debíamos lo que no está escrito.

Los últimos siete años con el Gobierno en manos de Zapatero fueron la guinda del pastel. Un gabinete ministerial repleto de analfabetos genéticos, con el presidente a la cabeza, cumplieron a rajatabla la idea del sociata Galeote que recientemente recordaba el maestro Martín Prieto: “Nos quedaremos con el 10% de la riqueza del país”.

Esa es la verdadera esencia de los partidos socialdemócratas, ver cuánto pueden pillar para comprarse casas en el Caribe (Roldán, Chacón, etc) o apartamentos en la Costa Azul (Salgado). Lo de Vera en Almería, a la que pusieron de moda los Solana, no daba ya suficiente glamour a los hijos del franquismo que cubren sus cuadros de mando.

El soso gallego Mariano Rajoy aterrizó en Moncloa porque el país pedía que alguien pusiera orden. Y el registrador de la propiedad encaneció aún más al ver la barbaridad del tamaño del agujero que dejaba aquella España sin principios. Generaciones futuras en pelotas.

Expertos de la cosa económica nos dicen que hay que buscar más de 60.000 millones de euros en los próximos 18 meses para intentar comenzar a enderezar las cuentas. En recesión económica, con un paro horroroso y una caída brutal de la demanda. La cosa no pinta muy bien.

Sobre el papel sería fácil llegar a América como el niño del chiste y la fórmula es sencilla: que cada palo aguante su vela. Los llamados agentes sociales, que no representan a nadie más que a ellos mismos, deberían dejar de chupar de las ubres del Estado. Los partidos políticos, las patronales y las ONGs insustanciales, también. Reducir el exceso de asesores y de personal adscrito a los órganos de la Administración, el exceso de Ayuntamientos, la existencia de las diputaciones y que el Gobierno nacional retome el poder en cuestiones fundamentales, será imprescindible.

Sólo con cerrar estos boquetes se podría tapar el agujero de un solo tajo.

Pero precismante por ser así es imposible. Porque los que mandan tienen muchos intereses que cuidar. Nadie se tira piedras contra su propio tejado, y dejar al conmilitón, al cuñado o al sobrino sin el curro inexistente de la canonjía administrativa es impensable.

Por ello seguiremos nadando. No ha nacido el político que aplique el sentido común y piense en el bienestar de los ciudadanos. Si lo hubiera hecho no estaría en política, estaría haciendo algo útil por la humanidad.


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