Opinión

El mundo es una furgoneta

Fulgencio Fenández - VIERNES, 25 DE MAYO DE 2012

Anduve en mis primeras apariciones en esta ventana abierta a las calles de la gran ciudad empeñado en convenceros de que el mundo está perfectamente resumido en cualquier pequeño pueblo, de que el mundo es un barrio multiplicado por millones. Pero hoy quiero llevaros más allá. Aquello de que “lo universal es lo local sin fronteras” lo vamos a exprimir hasta el extremo y justificar con ello el titular de hoy: ‘El mundo es una furgoneta’.

Me explico. Circula en mi pequeño pueblo la broma de que hay entre los vecinos dos grupos de pensamiento que intentan comprender los extraños tiempos que nos ha tocado vivir: el Grupo de los Filósofos de lo Rural Sin Obra Publicada y el Colectivo de Filósofas que Salen en Bata Guateada al Frutero y el Panadero, ya que ante la falta de comercios y panaderías vienen vendedores ambulantes que hacen sonar su claxon y reúnen a los clientes. Así se explica que en el primer viaje que hice a Madrid con una de mis hijas, que tenía entonces cuatro años, cuando en el primer atasco escucho el claxon de una furgoneta sin ni siquiera mirar me avisó: “Papá, el panadero”.

Para comprobar cómo funciona el colectivo femenino de pensamiento (el masculino ya lo escucho cada día en la taberna) le pedí a un vendedor ambulante que me dejara acompañarle, el más clásico de la comarca, El Fresquito le llaman de manera muy significativa. Su abuelo fue ambulante con carro, su madre vendía de puerta en puerta primero en carromato, después en motocarro y finalmente en una pequeña furgoneta. Nuestro Fresquito ya tiene una flota de furgonetas (así le llama él a tres vehículos) y fue todo un hallazgo.

Él sabe perfectamente cómo va la crisis, te cuenta que ha vuelto a recuperar aquellos viejos cuadernos en los que va apuntando lo que le deben y lo que cobra cuando a los vecinos les pagan la leche, un ternero o la subvención de la PAC. A una viuda le deja una jaula con fruta y comida a la puerta porque, me explica, “le da vergüenza salir y no tener dinero para pagarme, pero ya me pagará y si no puede pues que Dios la tenga en la gloria, que yo no me voy a arruinar y mi madre me mata si sabe que esta mujer no come”.

En cada puerta una historia. A un fanfarrón prejubilado de la mina, al que le gusta presumir de que cobra casi tres mil euros, justo al lado de gente que le cuesta mucho llegar a fin de mes, me doy cuenta de que le cobra más caro que a una mujer que le acababa de decir que tenía una oferta de tres kilos de naranjas por dos euros y a él le dice que “la malla de naranjas es de tres kilos y el kilo es a 1,10, es decir, 3,30”. El fanfarrón compra. En el siguiente pueblo nuestro ambulante se detiene delante de la casa rectoral, el cura parece esperarle, y el frutero le da un lote de productos “para que los reparta entre los necesitados”.

- ¿No le cobras?
- No, le hago el lote con lo que le cobro de más durante toda la semana a getas como el minero que te acabo de explicar; me dice.

Ya de regreso, llegando al almacén donde va a cargar para el día siguiente, le pregunto por la crisis convencido de que él tiene una explicación mucho mejor que los tertulianos que acababa de ver en los programas de la tele.

- Lo de la crisis me lo explicó bien mi madre. Yo le hice la misma pregunta que tú y ella me dijo: “Mira, lo que tienes que hacer es lo siguiente: Si pedías para la semana 10 kilos de percebes y langostas sigue pidiendo 10 kilos de percebes y langostas, pero si pedías veinte kilos de sardinas y truchas de piscifactoría empieza a pedir 15 kilos o 10, que esa gente cenará los huevos y la leche de sus gallinas y sus vacas”.

Pues mira, ahora ya lo entiendo. Me voy, que pita el panadero.


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