Bajo el epígrafe ‘autónomo’ hay un batiburrillo de actividades profesionales, en donde se confunden las churras con las merinas y unos y otros fomentan la confusión para que no se sepa nunca la verdad, no suceda que perjudique algunos intereses.
En España figuran más de tres millones bajo esta denominación y sus asociaciones rápidamente señalan que generan más del 80% de los puestos de trabajo.
De ahí a considerarlos empresarios sólo hay un paso. Cuando la realidad es bien distinta. Muchas personas se hacen autónomas como única forma de prestar un servicio laboral a una empresa y no crean ningún puesto de trabajo. En realidad son profesionales liberales, que todas las mañanas cargan su mochila de conocimientos a la espalda, y salen a la calle en busca de trabajo. En este capítulo hay desde fontaneros o electricistas, hasta abogados, periodistas, comerciales y un largo etcétera.
La mayoría del colectivo de autónomos sí son empresarios de verdad, tanto como Amancio Ortega, el patrón de Inditex, que en su pequeño o mediano kiosco contratan personal. Desde el dueño del modesto bar, que tiene un camarero en nómina, hasta el de un taller de chapa y pintura que cuenta con una veintena de operarios a los que abona religiosamente todos los meses su salario y la cuota de la Seguridad Social.
Ese es nuestro más importante tejido empresarial, y el creador de la riqueza y el mayor pagano de impuestos. Son los que se la juegan diariamente, y tienen que soportar que la sociedad les considere unos explotadores y unos sinvergüenzas porque, cuando las cosas les van bien, se pueden comprar un buen coche y gozan de una buena vivienda.
Pero cuando las cosas van mal, los empleados que tienen un puesto de trabajo gracias a su imaginación, creatividad y esfuerzo serán sus principales enemigos, azuzados hábilmente por los llamados sindicatos de clase. Tendrán que escuchar de los suyos frases como “vende tu coche y tu peluco para pagarnos” y soportarán pintadas en su barrio llamándole ladrón y golfo. Todo porque el mercado, el negocio, el producto ya no tiene salida y la empresa se ha ido a pique.
Esa es la imagen del empresario, porque pertenecemos a una cultura católica, donde ‘el pecador’ tiene que asumir sus culpas, y no a una cultura calvinista, en la que el esfuerzo y la segunda oportunidad es moneda corriente. En España, un Donald Trump no sería un gran empresario, porque se arruinó dos veces.
Tal es así que a la ley que se está cociendo para mejorar el fomento de empresarios se la llama púdicamente Ley de Emprendedores. Lo de Pequeños Empresarios es un desdoro social.
Y entre las peticiones de las asociaciones de autónomos está que estos no tengan que responder con sus bienes particulares de las deudas de la sociedad. Que no puedan perder la vivienda familiar ni les puedan embargar el salario mínimo.
Pero con la Iglesia hemos topado querido Sancho. El Gobierno pretende implementar una medida que no tenga coste para el erario público. No se habla de que la Seguridad Social y Hacienda en muchos casos buscan las vueltas al pequeño empresario para cobrarle por encima de todo. Áteme esa mosca por el rabo, ¿renunciarán a ese derecho de pernada? Va a ser que no.
Por ello todo apunta a que la rimbombante ley será papel mojado, como en su día fue la de dependencia. Entre otras cosas porque la banca se encargará de dinamitarla o que tenga tantos agujeros que no servirá de nada.
Los pequeños empresarios saben por experiencia que no hay banco alguno en el que, por bien que vaya su empresa y por sólida que sea, se les conceda un crédito –siempre a corto plazo– sin avalarlo con todos sus bienes, los de su mujer, el chupete del niño y la pensión de la abuela.
Si de verdad el Gobierno quiere fomentar la creación de un fuerte colectivo de empresarios, bastaría con que prohibiera a la banca vincular el crédito a las empresas al patrimonio del empresario.
Hace tiempo que la banca española no practica correctamente su profesión. Ser banquero es captar dinero en el mercado, retribuirlo justamente y prestarlo a particulares y empresas para fomentar la actividad económica. Es buen banquero aquel que sabe a quién se lo presta, sabe analizar riesgos, conoce el sector de actividad del cliente, y hace un seguimiento del mismo. Pedir avales particulares es tirar sobre seguro, y no ser eficaz. Los bancos españoles han dado miles de millones de crédito a empresas grandes del sector de la construcción sin ninguna garantía, mientras puteaban con saña a los pequeños. Por eso están como están, y nosotros pagándoles la fiesta.
Ser pequeño empresario en España es un acto heroico que tiene más de masoquismo que de placer. Por eso más de uno de los pequeños empresarios, al ver estas cosas, pensará aquello de “autónomos y su puta madre”.