Vivimos en un mundo de cambios vertiginosos, en una sociedad cada vez más abierta y compleja, donde la transformación de los órdenes tradicionales es la norma. Asistimos, a veces perplejos, a fuertes redefiniciones de nuestras formas de vivir y de trabajar.
Ante la incertidumbre que genera esta extraordinaria fluidez, todos los ciudadanos, sin excepción, buscamos cimientos, buscamos pilares sólidos y estables sobre los que edificar nuestros proyectos de vida. Por eso, la inclusión social es ya una de las exigencias éticas y políticas más acuciantes del momento. Por eso, debemos redoblar nuestros esfuerzos para profundizar en un modelo social más cohesionado, más solidario. Porque ninguna sociedad se puede permitir el lujo de prescindir de nadie.
Tampoco puede permitírselo la empresa. Hoy se abre paso con fuerza un modelo empresarial más comprometido con los valores que compatibilizan “negocio” y “ciudadanía”. Porque es esa, y no otra, la base del nuevo pacto social del siglo XXI. Toda empresa que quiera el éxito, tendrá que perseguir la excelencia, cuidando a las personas y sus condiciones de trabajo y preocupándose, no sólo de la calidad de sus procesos productivos, sino del modo en que afecta, y debe hacerlo para bien, a su entorno.
La responsabilidad social empresarial es un concepto social en construcción cuyos límites y potencialidades, tanto en términos teóricos como de implicaciones prácticas, están en buena medida aún por definir. Es un concepto complejo, en la medida en que expresa el compromiso de las empresas con los actores diversos que configuran el tejido social, tanto públicos como privados, para conseguir que sus actuaciones respondan a los valores del conjunto de la sociedad.
Por ello, cabe resaltar que la RSE constituye un plus o complemento a la legalidad en materia de derechos humanos, sociales, laborales y medioambientales. Ello implica que no puede considerarse socialmente responsable a una empresa que desarrolle actividades más allá de la norma en un determinado ámbito de actuación –por ejemplo, el medio ambiente– e incumple la norma legal y convencional vigente en otros ámbitos (por ejemplo, en materia de igualdad de oportunidades).
Las iniciativas de RSE, aunque partan de la voluntariedad, deben basarse en el principio de consenso con las partes interesadas. Y sobre este principio de consenso es necesario promover una mayor homologación de los instrumentos de aplicación y seguimiento de las distintas iniciativas, que favorezca el establecimiento de parámetros de referencia para las empresas al mismo tiempo que contribuyan, mediante la participación de las partes interesadas, a mejorar su desarrollo.
La consolidación de la RSE como algo más que una moda pasajera es una tarea pendiente en España, que requiere el concurso y el mutuo reconocimiento de los distintos actores sociales para potenciar un modelo de empresa innovadora, sostenible, socialmente responsable y con modernas y justas relaciones laborales.