No obstante, desde el triunfo del socialista en la primera vuelta de las presidenciales, parecía haber cambiado en algo su postura. Llegó a anunciar una cumbre europea para el crecimiento. Parecía que la llegada de Hollande la obligaba a variar su enfoque sobre cómo solucionar la crisis. “Cambiará”, cree Martin Rahe, profesor alemán de Economía Internacional de EADA, “pero no tanto. La austeridad se va a mantener porque se tienen la convicción de que hay que sanear las cuentas, pero sí es posible que se incentive algo el crecimiento porque los datos macroeconómicos muestran esa necesidad. Esto iba a suceder con Hollande o sin Hollande”.
Los datos macroeconómicos muestran cómo la mitad de Europa se encamina, si no está ya, nuevamente a la recesión. Francia, por ejemplo, se estancó el pasado trimestre. De mantenerse esa situación, caería el consumo en Europa y eso implica que no se compraría a Alemania, por lo que no exportaría y acabaría destruyéndose empleo. “Ese será uno de los argumentos que debería emplear Merkel para convencer al pueblo alemán de la necesidad de defender políticas de crecimiento”, explica Rahe. Y tendrá que empezar a hacerlo cuanto antes, porque los alemanes no son partidarios de ello.
“Muchos alemanes no notan la crisis. Si le pregunta a los ocho millones de trabajadores con salarios precarios, sí, pero este número no crece y el resto está bastante contento. No se ha destruido empleo, no se ha caído como en el sur de Europa. Parece que la crisis no va con ellos, por lo tanto no entienden la necesidad de transferir dinero a otros países para que crezcan”, razona el profesor Rahe. “El ciudadano alemán –prosigue– piensa que el resto de los países tienen que hacer sus deberes y ellos ya están cansados de pagar siempre”. Y es Alemania quien tendría que financiar los proyectos de crecimiento, porque es la única, junto con algún otro país del norte de Europa, que lo tiene ahora mismo.
En las élites hay otro planteamiento. La dirección del SPD, por ejemplo, los socialistas alemanes, son partidarios de una medida que podría estimular el crecimiento: variar los estatutos del Banco Central Europeo para que pueda comprar bonos, por ejemplo, “pero jamás entrarán en ese debate abiertamente. Lo pueden reconocer en pasillos, pero nunca ante el electorado”, cuenta el periodista alemán Hans Gunther-Kellner, “por el temor a que eso genere inflación. Puede parecer un miedo absurdo visto desde fuera, pero la inflación ayudó a la llegada de los totalitarismos y en Alemania aún no se ha olvidado”.
Si el cambio de mentalidad alemana parece depender de la situación interna, tanto económica como de opinión, no parece que Hollande puede influir mucho. “Hollande”, argumenta Carlos López Gómez, profesor del Área de Relaciones Internacionales de la Universidad Nebrija, “se puede convertir en el portavoz de todos los países y organismos que reclaman otra política económica. Además, aparte de su peso económico y político –sostiene– tiene la autoridad moral para ello porque Francia no tiene malas cuentas. Quien no puede hacerlo es Mariano Rajoy, que ha aceptado el discurso de que la crisis proviene del derroche y así lo argumentó en campaña”.
Hollande debe ir con cuidado. Un directo enfrentamiento con Alemania podría provocar lo que, hasta ahora, nunca ha sucedido: que esta decida marcar el rumbo de la Unión en solitario. “Existe un cierto temor a que se dé esto”, indica el experto en Relaciones Internacionales”. “Alemania podría haber dominado el proyecto europeo, pero siempre ha aceptado compartir el timón, a renunciar al poder que le podría corresponder. Siempre hubo potencias medias que podían ejercer de contrapeso y tenía un cierto sentimiento de culpa por las guerras. Ahora está sola y en algún momento, en alguna generación, ese sentimiento de culpa desaparecerá”, avisa.
“De todas maneras –apostilla López Gómez– hay que ser prudentes con Hollande. Se están poniendo demasiadas expectativas en él y primero hay que ver con quien gobierna en las legislativas de junio, que pueden modificar su programa, y ver si cumple su programa”. El programa socialista es propio de una época de bonanza: subida del salario mínimo, creación de un parque de viviendas de protección oficial, contratación de profesores, reducción de la edad de jubilación y rebajar el déficit en 90.000 millones en cinco años.
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