‘La cosa’ no es otra que la llamada Seguridad Social, que ni es seguridad ni es social. Es la mayor estafa jamás concebida por el hombre, pero ha servido durante años para tener anestesiados a los ciudadanos, convencidos de que vivían en el mejor de los mundos.
‘La cosa’ se nutre de robar legalmente a todo hijo de vecino, con la argucia de que gracias a ella gozamos de sanidad gratuita, subsidio de paro y pensión de jubilación.
Todo es mentira, la sanidad no es gratuita, nos cuesta un congo y encima tiene encabronados a los profesionales que la sirven. El llamado subsidio de paro es la devolución de una ínfima parte de lo que antes había aportado el trabajador, y las pensiones son una limosna por el dinero aportado durante años.
Cualquier ciudadano que pudiera disponer libremente de sus cotizaciones y de lo que paga la empresa en la que trabaja, podría tener la mejor sanidad del mundo, un seguro real de paro en caso de pérdida del trabajo y una pensión decente cuando llegara su jubilación.
Por eso es obligatoria, el Estado te impide ejercer tu libertad y te obliga a pagar el tributo por sus supuestos servicios, en base a una supuesta redistribución de la riqueza que exhibe la bandera de su carácter social: favorecer a los menos afortunados.
‘La cosa’ tiene barra libre: puede embargar las cuentas de cualquier ciudadano cuando le plazca, son los primeros en cobrar de los restos que quedan de una empresa quebrada, y procura hacer la vida imposible a los ciudadanos cuando estos reclaman un supuesto derecho, puteándoles todo lo que puede para ver si se cansan y dejan de reclamar.
Si viviéramos en una sociedad libre, en la que el individuo fuera el eje de la convivencia, la pertenencia a ‘la cosa’ debería ser voluntaria. Y los impuestos que todos pagamos deberían incrementarse para atender las necesidades de sanidad y de pensiones de los menos afortunados.
Así de simple sería el asunto, cada ciudadano decidiría por su cuenta y asumiría la responsabilidad de guiar su propia vida, sin que ‘papá Estado’ se metiera en sus cosas.
Pero este es un sueño imposible. Por eso este tallador de gemas regresa al trabajo, porque a final de mes tiene que ingresar parte de su esfuerzo en la caja de ‘la cosa’, no vaya a ser que le ‘empuren’.