El trabajo, la creatividad, la iniciativa nunca han sido virtudes dignas de admirar para la sociedad española, en la que la picaresca, la indolencia, la juerga y la vagancia son los blasones de los que se sienten más orgullosos los españoles.
Tengo un amigo que, después de cuarenta y tantos años con su empresita funcionando, me comentaba en una cena hace unas noches que echa el cierre. Ocho trabajadores –algunos con más de una veintena de años con él– pasarán después del verano al paro y mi amigo liquidará todo lo que tiene y para tomar el camino del pueblo de sus padres en la costa mediterránea, donde reconstruyó la casa familiar, tiene un pequeño huerto y desde la terraza contempla el mar y los mágicos atardeceres del mar nuestro.
Cuando me explicaba por qué tiraba la toalla lo hacia sin rencor, pausadamente, parecía querer aprender cada una de las palabras que pronunciaba. Me comentó que había pedido un crédito al ICO para renovar la poca maquinaria que tenía su empresa y poder ofrecer precios mejores a sus clientes de toda la vida. Las exigencias del ICO, los requisitos del banco que lo tramitaba, los plazos y el tipo de interés, le desanimaron totalmente. Me contaba que se sintió un delincuente, cuando los ladrones reales son los políticos y los banqueros que nos han metido en este lío.
Comprendió la gran mentira que eran los créditos ICO, la falta total de ayuda a las empresas. Todo ello mientras los políticos no han eliminado ni una sola prebenda de sus mamandurrias y no han metido mano a ningún desmán de su casta y de los sindicatos, los auténticos parásitos sociales.
Su ‘santa’ terminó por desanimarle del todo, con los hijos criados y volando solos, con la casa pagada y sin deudas, no le merecía la pena meterse en una nueva aventura.
Lo contaba sin rabia. Tan sólo se adivinaba en sus ojos una luz que parecía que decía que ya había llegado a la última estación. Le costaba pensar qué sería de su gente, que por edad difícilmente encontrará trabajo. Pero se justificaba en que la sociedad española no merece el esfuerzo de dejarse la piel para que al final te insulten.
Me recordó la letra de aquella canción: “Se va el caimán, se va para la Barranquilla…”, y me pareció que se sentía igual. Como un pesado caimán buscando la charca de la tranquilidad.