
El creciente vasallaje que España ha de rendir a la gran nación alemana y más que a la gran nación alemana al superavit del Bundesbak, parece que va a verse aliviado por un acto de buena vecindad entre la canciller Angela Merkel y el marqués Del Bosque, nuestro tranquilo y victorioso seleccionador nacional de fútbol.
De momento se han comunicado, a través de los medios, el interés que ambos sienten por compartir mesa y mantel, conversación, sonrisas y todas esas educadas zalamerías en las que los herederos de Bismark no suelen extenderse pero en las que son maestros cuando se deciden. Por su parte, Del Bosque es un aventajado alumno del Conde Lucanor, seguidor de sus máximas y, por tanto, posee la ‘cintura’ renacentista de un tuno de Salamanca.
Puesto que educación no va a faltar en el encuentro, quizá doña Ángela pueda cambiar su idea sobre España como un país de gente ruidosa, maleducada y siempre dispuesta a pedir dinero prestado para coger un taxi o para invitar a comer a la misma persona a la que se lo pidió, solo dos copas más tarde.
Quizá la sensata canciller, una personalidad construida con fuerza de voluntad y esfuerzo, orgullosa de lo bien alicatado que tiene el baño de su casa, pueda saber por las palabras que salgan bajo el pacífico bigote de Del Bosque que este país tuvo y algo queda una burguesía ilustrada y, sobre todo, que tiene una generación de jóvenes excelente, entre los 18 y los 30 años, capaces de asumir el futuro. Iniestas y Xavis, Casillas y Torres, capaces de driblar las dificultades en los hospitales, las fábricas, los laboratorios y las finanzas con las misma limpieza que lo hacen en el campo de fútbol. Algunos de ellos, puede decirle, ya los tiene trabajando en Frankfurt y Berlín.
Este desayuno ha salido un tanto serio y comedido. Es lo que pasa cuando al taller llegan noticias de gente respetable. Ojalá el riesgo de la prima les permita encontrarse.