No pretendo escribir de política, ni siquiera mencionar los laberintos económicos que se divisan al fondo de esta historia con fantasmas. Por si acaso, no me arriesgaré a pisar ni el umbral de un territorio minado desde diversos frentes, tanto por pasiones irracionales como por la inagotable facundia del patrioterismo y los intereses torticeros de todo tipo. Intentaré perfilar un relato de presencias espectrales paralelas, modelos que se perpetúan, magos con el don secreto y oscuro de la seducción y, por ello, poseedores de un infinito poder de influencia. Quiero, en fin, pergeñar una suerte de exorcismo de andar por casa y que en el conjuro se acomoden lo real y lo imaginado. Tal vez Marx tuviera razón cuando sostenía que la historia se repite y que lo que primero fue tragedia se recicla más tarde como farsa. Comienzo.
Primer acto. El telón se levanta en la Argentina de mediados de los años 40, cuando Juan Domingo Perón (1895-1974), fundador de un partido a su imagen y semejanza, el Justicialista, también llamado Peronista, fue elegido presidente. Unos años durante los que, imbuido de populismo, activó una política personalista que encontró un poderoso aliado propagandístico en el carisma y la belleza de su esposa, Eva Duarte (1919-1952), antigua actriz con la que, viudo desde 1938, había contraído matrimonio en 1945 y que logró conciliar una intensa actividad social dirigida a las clases populares y a potenciar el papel de la mujer, con una no disimulada propensión al lujo; su temprana muerte la convirtió en mito y alimentó su culto. Si entramos en el jardín de las coincidencias, que es el terreno por donde camina la narración, nos encontraremos que tanto la primera esposa del político argentino, Aurelia Gabriela Tizón, como la segunda, fallecieron de cáncer de útero.
El general Perón fue derrocado en 1955 y tuvo que emprender el camino del exilio en un recorrido que, tras pasar por diversos países (Panamá, Venezuela y República Dominicana), concluyó en España, donde se estableció en la exclusiva urbanización madrileña Puerta de Hierro. Se dice que durante un tiempo conservó en el sótano de su mansión el cadáver embalsamado de Evita, que había llegado a su poder después de años de azarosos desplazamientos, ya que, tras el derrocamiento, había sido ‘secuestrado’ por militares argentinos y trasladado a distintos lugares. En 1974 fue llevado de regreso a Argentina y desde 1976 reposa en el panteón de la familia Duarte en La Recoleta, hermoso cementerio bonaerense. Durante todo ese tiempo, el mito fue engordando.
Segundo acto. En Argentina transcurre 1973, año en el que Perón vuelve a ser elegido presidente como cabeza indiscutida del peronismo, fuerza política sin márgenes doctrinales bien definidos y, tal vez por ello, susceptible de acoger en su seno desde posturas en las que algunos tratadistas reconocen esquirlas del fascismo hasta otras de signo muy diferente, como el terrorismo izquierdista de los montoneros. Precisamente en junio de ese año, apenas cuatro meses antes de las elecciones presidenciales, las facciones peronistas enfrentadas protagonizaron un episodio conocido como masacre de Ezeiza: la pugna por controlar el palco de honor levantado para acoger el regreso del ausente se saldó con 13 muertos y más de 300 heridos. La maltrecha salud del viejo líder sólo le permitió ejercer su cometido hasta el 1 de julio de 1974, cuando una cardiopatía isquémica acabó con su vida. Le sustituyó en la más alta magistratura de aquella nación su tercera esposa y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabelita.
Si Eva Duarte había disfrutado de un relativo éxito como actriz de radionovelas, Isabelita, nacida en 1931, era bailarina exótica en Panamá cuando trabó contacto con el exiliado Juan Domingo Perón. Se casaron en España en 1961, siempre con la sombra tutelar de Evita gravitando sobre la nueva cónyuge y, más adelante, con la sombra controladora de José López Rega (1916-1989) sobre los destinos de ambos. López Rega era conocido como El Brujo por su afición a las actividades esotéricas; en Madrid, fue secretario privado de la pareja y hay quien asegura que hacia acostarse a María Estela junto al cadáver de Evita para trasfundirle mágicamente el alma de la venerada difunta. También se comenta que López Rega, creador de la parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), fue el instigador del enfrentamiento que culminó con la masacre de Ezeiza.
Con Isabelita como presidenta, López Rega aumentó su influencia y se convirtió en una suerte de primer ministro de facto al acumular todas las secretarías vinculadas a la Presidencia. En julio de 1975, se vio obligado a renunciar a su cargo por las violenta reacción a la medidas económicas dictadas por uno de sus ‘hombres’, Celestino Rodrigo. En marzo de 1976, la presidenta fue derrocada por un golpe militar que impuso una dictadura de sangriento recuerdo. La tragedia.
María Estela permaneció encarcelada por la Junta Militar durante seis años; en ese periodo fue intervenida quirúrgicamente a causa de un problema en los ovarios, el sino de las esposas del general. En 1981 regresó a Madrid, donde reside desde entonces. Juan Jesús Aznárez ha contado en El País (21 de enero de 2012) un curioso episodio ocurrido en los años 90, en el que intervino Mario Rotundo, albacea y luego vendedor de algunos bienes de Perón: “Una noche madrileña, Isabelita despertó a Rotundo, que en esos años era su amigo, con el apremio de que acudiera a toda prisa a su domicilio de la calle de Casado del Alisal. Cuando entró en el dormitorio de la compatriota, la encontró de pie sobre la cama, pálida, desencajada, dando aterradores gritos. La alucinada habría dicho a Rotundo que durante media hora la habitación fue tomada por una luz cenital, intensa, envolvente, que salía de la cómoda donde guardaba el sudario de Eva Duarte de Perón”. Ya avisé que esta era una historia con fantasmas.
Tercer acto. Finales de 2011, Cristina Fernández de Kirchner, nacida en 1953, es reelegida presidenta de Argentina como candidata del Partido Justicialista. La primera vez llegó al cargo tras vencer en las elecciones de 2007 y, en una especie de relevo dinástico sancionado por las urnas, sucedió en la Presidencia a su marido, Néstor Kirchner (1950-2010), quien al parecer tenía previsto presentarse de nuevo como candidato en 2011, aunque la Parca clausuró sus planes y motivó el paso adelante de su viuda hacia la reelección. ¿La historia se repite?
‘Ni Kirchner era Perón ni Cristina Isabelita’, titulaba en ABC.es Noelia Sastre el 29 de octubre de 2010, tras la muerte del primero. Hoy, la influencia de los ectoplasmas de Perón y Evita queda reducida probablemente al mausoleo de la memoria del peronismo. La sombra protectora de Néstor Kirchner, como la de Juan Domingo se suponía sobre María Estela, permanece y a su advocación se encomienda la presidenta, que, como ha comentado Álvaro Martínez en ABC (22 de abril de 2012), realizó una curiosa ofrenda ante la tumba de su marido, un mausoleo de porte faraónico: “Le pusimos de todo: la camiseta de Racing, rosarios, una ovejita de mi hija... Yo le llevaré el decreto de YPF envuelto en una cintita argentina. Una le pone las cosas por las que él murió”. De lo de YPF ya estarán ustedes sobradamente informados, así que ni incido sobre el asunto para ser fiel a mis intenciones de no adentrarme en laberintos económicos.
Con respecto a las presencias de ultratumba, Miguel Ángel Bastenier subrayaba en El País (25 de abril de 2012): “En Argentina se libra una batalla entre espectros. El abracadabra del general Perón resiste difícilmente la irrupción de su sucesor, el kirchnerismo, emanación sacralizada de Néstor Kirchner”, que “acuna y legitima el crecimiento de un credo fuertemente populista e izquierdizante, atribuible en su totalidad a la presidenta. Por eso, lo propio sería hablar del cristi-kirchnerismo”. Pero dejemos ese camino que, aunque poblado por fantasmas, se dirige hacia frondas políticas que aquí pretendo obviar dentro de lo que cabe.
¿Y el nuevo mago de esta historia tal vez repetida (o no)? Los nuevos esoterismos se han desplazado al universo de la economía, donde los expertos utilizan en sus conjuros y proclamas una jerga para iniciados que nos sume en la incertidumbre a los cuitados sufridores de los efectos de unos fenómenos y movimientos que nunca terminamos de entender, como los pacientes aquejados de una rara enfermedad, inmersos en la jungla de la terminología médica. El nuevo Brujo se llama Axel Kicillof, nunca lleva corbata –tal vez en homenaje a los descamisados de Perón– y es el viceministro argentino de Economía, un joven Rasputín de esa materia oscura que dice tener hipnotizada a la presidenta, quien, según algunos testigos presenciales, lo “escucha como si fuera Dios”. Kicillof, de 41 años y experto en Keynes, es amigo de Máximo Kirchner, hijo de Cristina Fernández, y su ascenso a las esferas del poder desde La Cámpora –agrupación peronista kirchnerista que nació como continuadora de las Juventudes Peronistas y gestiona el mencionado hijo de la presidenta– ha sido meteórico. En el alfabético juego de la siglas y, por supuesto, sin otras implicaciones o equivalencias, la siniestra Triple A ha sido reemplazada por la Triple K (Kicillof, Kirchner, Keynes). ¿Desembocará todo en la farsa anunciada por Marx? En cualquier caso y pese a los propósitos iniciales, me temo que los espectros de la política y la economía han ido apareciéndose a lo largo de estas líneas. Es lo que tienen los exorcismos. Y los fantasmas.