Casi dan ganas de perdonarlo, aunque sólo sea por fastidiar. Iñaki Anasagasti afirmó: “La petición de perdón es una norma católica que se quiere imponer a los presos”.
¿Imponer? ¿Norma católica? Menuda empanada teológica la de este senador del PNV. Hitler, Stalin, Pinochet, Videla, Bin Laden tampoco creían en el perdón. Claro que lo del político vasco son meras gilipolleces malévolas, algo así como las películas de zombis karatekas: un subgénero dentro de otro subgénero. En todo hay clases, hasta en el mal.
Considera que el perdón es mera verborrea judeocristiana. Vamos, marear la perdiz a los pobres presos. ¿Imponer el perdón? ¿Se refiere a algo así como cuando una madre obliga a sus hijos a que se den la mano? Un hombre pragmático este senador del PNV.
Pero más allá de los aspectos penales concretos, ¿cómo podrá salir el País Vasco de su laberinto de horrores, si no es a través del perdón? Porque también para superar el inmenso dolor causado por el terrorismo habrá que crear una memoria histórica. Pedir perdón implica, cuando es sincero, conciencia y consciencia del daño causado. Aunque a Anasagasti todo esto le sonará a mera moralina. Él es un nietzscheano de provincias. Un hombre de acción: ¡se subió a ‘La Noria’!
Suponemos que no cree en la culpa, ni en el remordimiento, tampoco en la gracia; todo esto ha de ser para él inquisitorial jerga de creyentes. Desde luego, no se puede decir que le hayan dejado mucho poso los Marianistas de San Sebastián, ni la Universidad Católica Andrés Bello. Debió de faltar bastante a clase. Pero el perdón, aunque pilar maestro del cristianismo, no pertenece únicamente a esta religión, es un valor de la ética occidental. Hace falta ser irresponsable, o malvado, para cuestionarlo; o ambas cosas a la vez.
Por lo menos, califica a los etarras de “asesinos”. Menos mal. Aunque siempre hay trampa y cartón en sus palabras: “No son presos comunes, tienen una motivación política. Usted los considera asesinos –le dijo a Isabel San Sebastián-. Y yo, también”. Ya, pero a él se le nota menos que a ella. Un terrorista no es muy distinto de un sicario de la mafia o de un maltratador.
Quiénes asesinaron al jurista Tomás y Valiente no son diferentes de los sicarios de Corleone. Anasagasti recela del arrepentimiento, por considerarlo propio de beatas. Lo suyo es la razón, suponemos. Pues tampoco eso es lo suyo. ¿Hay algo menos racional que el nacionalismo?
Y sí, en su día fue invitado a ‘La Noria’, en un doble intento perverso: Jordi González quería convencer a los espectadores de que seguía siendo periodista, y Anasagasti de que no era tan antipático como se creía. Fracasaron ambos.
No obstante, el político vasco recalca que hay víctimas del terrorismo que estarían dispuestas a aceptar la petición de perdón. No es de extrañar, pues la grandeza del corazón, su potencial para trascenderse a sí mismo, no tiene límites.
¿Sólo los cristianos perdonan? Absolutamente no. Pero no creo que sea descabellado afirmar que allí donde hay cristianismo verdadero, la posibilidad de perdonar es mayor. Pero esto excede las capacidades de don Iñaki, tanto las políticas como las humanitarias. Prefiere el borrón y cuenta nueva. Y por aquí no va a pasar el PP, y hará bien.
No estamos hablando de cuestiones disparatadas. Europa tuvo mucho que perdonar, y hacerse perdonar, tras la II Guerra Mundial, con más de 60 millones de víctimas. Sin embargo, Anasagasti no es un líder moral, no sirve como referente de conducta en los tiempos difíciles. Sólo es un político nacionalista, que de vez en cuando necesita soltar un exabrupto para que recordemos que aún existe; hizo bien, a mí –con perdón– ya se me había olvidado.