Hasta hace unas semanas la minería era para muchos españoles urbanos sólo una vieja canción de Molina, o todo lo más de Víctor Manuel. Hasta que ésta se ha convertido en noticia nacional e internacional por los movimientos de protesta que ha generado la voluntad del Gobierno de reducir drásticamente las ayudas al sector, decisión que lo condena al cierre con dramáticas consecuencias para los afectados, pero también para la economía global de todas esas provincias.
En las localidades mineras, como León, mi tierra, el respaldo social a las reivindicaciones es mayoritario. Fuera de ellas, la comprensión ya no es tanta y las imágenes de encapuchados disparando con ‘bazokas’ caseros contra las fuerzas de seguridad han llevado a que desde los medios conservadores –por cierto, la ideología de los empresarios mineros– se critique con contundentes titulares tales actos a los que se compara con terrorismo callejero. “No somos terroristas, somos mineros”, han protestado en un comunicado. Por otro lado, dos organizaciones de guardias civiles han advertido que la violencia de las protestas “puede desembocar en tragedia”.
En León capital, en una reciente manifestación nocturna, el lema de una de las pancartas fue ampliamente reproducido: “Si nuestros hijos pasan hambre, los vuestros verterán sangre”. A alguien se le fue la mano con el rotulador. Un minero puede ser un luchador, pero nunca un vulgar Herodes.
Si venimos describiendo esta crisis como una posguerra sin guerra previa, el conflicto minero parece una batalla sin muertes… hasta ahora, pues puede haberlas en cualquier momento.
Asimismo, Juan Morano ha votado en contra de los recortes que figuran en los presupuestos. Por conciencia, ha argumentado. “Estoy con los mineros a muerte”, había declarado días antes. “Con los comunistas hasta la muerte –dijo Bergamín–, pero ni un paso más”. Pues eso.
El miércoles el alcalde de Ponferrada, López Riesco, sufrió zarandeos e insultos. Los portavoces sindicales pidieron después sinceras disculpas; hicieron bien, tampoco ellos son matones de barrio. En una fracción de segundo un viento puede tornarse en tempestad.
¿Se puede luchar de otra manera?, se preguntarán algunos. Se puede y se debe, aunque cuesta más. Gandhi y Mandela lo hicieron. En estos momentos que haya o no que lamentar muertes depende de un mero girar de la ruleta rusa. Y con el azar no se juega.
Para analizar en el conflicto de la minería se puede acceder por muchas puertas y alguna que otra trampilla; tiene muchos más protagonistas que un bueno, un feo y un malo. Y tampoco se debe simplificar en derechas e izquierdas.
León está con sus mineros, sin necesidad de muertes. La imaginación también lucha.
Porque si las revueltas provocan víctimas mortales o heridos graves, entonces, ‘lágrimas negras’ será mucho más que el título de una gran canción.