Soy, por vía paterna, heredero de la desgracia de la mina. Al abuelo le reventaron los pulmones cuando sólo había tenido tiempo para bajar al fondo de la mina en Aragón y tener ocho hijos, que dejó sin criar y condenados a buscarse la vida por toda España y como emigrantes por el mundo.
Vivo en un pequeño pueblo de una cuenca minera leonesa y esa circunstancia me propició el peor día de mi vida laboral. Una noche fui a cubrir un accidente de mina, dos mineros estaban atrapados bajo tierra. Al llegar a la mina vi sentada en un trozo de madera de un barracón, a la intemperie de un diciembre en la montaña, a mi vecina de enfrente, madre de tres niños y viuda segura en muy pocas horas. El empresario, del que luego hablaré, no le miró a la cara en toda la noche ni la invitó a entrar en el cuarto en el que esperaba el desenlace, al calor de una estufa de carbón. La mujer supo que David estaba muerto porque, cuando amaneció y salió a la explanada, vio dos coches fúnebres que habían traído dos féretros.
Una estampa habitual de mi infancia era ver a viejos mineros sentados en alguna piedra descansando en el camino de regreso a casa porque la silicosis no les dejaba caminar 500 metros seguidos. Sus hijos me contaban que la banda sonora de sus noches eran interminables minutos tosiendo.
También me duele el alma cuando tomo el vino con Víctor y su padre Orencio. Víctor tiene 45 años, ya está prejubilado de la mina con una salud de hierro, cobra unos dos mil euros. Orencio es agricultor, tiene 64 años, aún está en activo y sigue cada día ordeñando vacas, arando tierras, abonando praderas y cabruñando guadañas... Lo mismo que hace desde que tenía 11 años, cuando comenzó a cuidar las vacas. Se va a jubilar con 700 euros y el cuerpo roto.
Perdonad tanta cosa personal, quiero decir con ello que conozco la parte humana de la mina y también la económica, que entiendo a esos mineros que hoy salen en el telediario camino de Madrid y ayer aparecían quemando neumáticos, cortando carreteras, enfrentándose a la guardia civil. Y me gustaría aportar algunos hechos y algunas reflexiones.
Es cierto, números cantan, que la mina ha recibido en los últimos años miles y miles de millones, de pesetas y de euros, de todo. Pero, ¿quién dilapidó esos dineros?, ¿tienen la culpa esos mineros que hoy caminan pidiendo futuro para sus tajos?
En León, el empresario que más dinero ha recibido y sigue recibiendo, el mismo que espolea a los mineros para que protesten y seguir cobrando él nuevas ayudas, es el mismo personaje que no le abrió la puerta a la mujer del minero muerto del que hablaba al comienzo de esta reflexión. Por aquí le llaman Don Vito, será porque se llama Vitorino. O no.
Ese empresario, que quiere seguir recibiendo ayudas, es el mismo que con la connivencia y el dinero de una Caja España en manos entonces de un presidente socialista, Ángel Villalba, y el visto bueno de un tal Rodríguez Zapatero, compró la histórica MSP por miles de millones de pesetas y pocos meses más tarde, en un bochornoso juicio –de una demanda presentada por su ex mujer por no pasar ni un duro para la manutención de sus hijos– se declaró ante el juez “insolvente” por “no tener más posesiones que una vieja moto”. Increíble, pero cierto. Este personaje sigue haciendo de las suyas, esquilmando montes con minas a cielo abierto, manteniendo abiertas explotaciones cerradas por orden judicial… Y animando a los mineros a luchar porque él va a ser quien cobre esas ayudas de las que se habla.
Ha habido mucho dinero, ¿pero quién se lo ha dado a personajes así? Que respondan ellos de sus fechorías y no paguen sus culpas, otra vez, los trabajadores. Nadie ha dicho que se de el dinero, si se fiscaliza hasta la última peseta estaríamos hablando de un negocio autosuficiente, lo dicen las empresas serias. Sólo habría que quemar en nuestras térmicas el carbón producido y meter en la cárcel a quien compra carbón polaco en el puerto de Gijón y lo vende como español en La Robla triplicando el precio.
Se veía venir el fin de la minería y se pusieron en marcha los planes del carbón para reindustrializar las comarcas mineras. Parecía una buena idea y de nuevo había dinero, mucho dinero. Y me pregunto:
¿Se asegura el futuro de los valles mineros leoneses y asturianos peatonalizando Oviedo y colocando una espectacular y carísima iluminación? Viví ocho años en Oviedo, jamás vi sus minas.
¿Se asegura el futuro de los valles mineros leoneses y asturianos convirtiendo la vieja Universidad Laboral de Gijón en el más lujoso complejo cultural del noroeste?
¿Se asegura el futuro de los valles mineros leoneses con un Campus de Ponferrada en el que varias carreras tienen más profesores que alumnos? Ver el ratio alumno/coste de este campus (¿es necesaria una universidad en cada pueblo?) es terrible. Pues ahí están también los fondos Miner.
Estas tres obras se llevaron miles de millones de los planes del carbón. Y en las propias cuencas mineras, ¿se asegura el futuro de esos valles, se fija población, haciendo nuevos edificios para los ayuntamientos? Pues es la obra más repetida. No son los mineros los que deciden que se hagan estas obras, que responda quien lo ha hecho.
Y una pregunta final que me hace un viejo ingeniero de minas, Leoncio García, que trabajó muchos años en los tajos y los últimos 15 años de su vida laboral en la investigación para hacer el carbón compatible con la ecología. “Nos echamos en manos del gas, bien, ¿y el día que un dictador con turbante cierre la espita y nos haga como nos hicieron los del petróleo pidiendo lo que no está escrito en los papeles? Las minas cerradas no tienen capacidad de respuesta para mañana”.
En fin, podría seguir. Otro día. Simplemente, tened presentes estas reflexiones cuando veáis a los mineros, a nuestros mineros, atravesar España o llegar a Madrid.