Cada nuevo acto sindical me agita el cerebro y me hace recordar la famosa frase del Rey Juan Carlos, “por qué no te callas”. Comienza a ser cansina tanta imbecilidad reiterada.
Tengo un amigo holandés que cada vez que viene a España vamos juntos a ‘darle a la bolita’ en el campo del golf en el que habitualmente jugamos en Alicante. Mi amigo tiene un excelente juego, es un hombre culto que sabe más de música clásica que muchos supuestos profesionales de la cosa de nuestro país y tiene exquisitos modales. Además es representante sindical en una importante empresa de su país y le hacen chiribitas los ojos cuando se informa sobre los dos grandes sindicatos españoles.
Escuchar comentarios de lo que los sufrimos le parece una droga dura. El elevado nivel de corrupción que respiran le produce náuseas y me asegura siempre que los sindicatos socialistas de su país no quieren saber nada de los españoles, a los cuales no consideran dignos de llamarse socialistas.
Para una persona como él que un personaje como José Ricardo Martínez, al que no se le conocen antecedentes laborales, cobrara el pasado año más de 200.000 euros como represente de UGT –en aquella cueva de mangantes que era la Caja Madrid de Miguel Blesa– y se atreviera a decirle al gobernador del Banco de España que se vaya a “su puta casa” le produce sencillamente asco.
El personajillo en cuestión se acaba de descolgar con que “estamos en guerra” por las medidas económicas tomadas por el Gobierno. Este ‘facha Martínez’, como el personaje de El Jueves, se muestra nervioso porque quizá se le acabe el chollo del que ha venido gozando. Gran defensor de la escuela pública, puede tener problemas en el futuro para pagar los colegios privados de sus hijos, y por ahí no pasa. Está en guerra, qué menos.
Mi amigo holandés es un hombre del siglo XXI y su lenguaje sindicalista es acorde con la realidad que vive. No representa el sindicalismo del siglo XIX, el de los piquetes y la violencia, que respiran los dirigentes de UGT y Comisiones Obreras.
Nuestros sindicatos se han transformado en una pesada losa para la sociedad, son unos parásitos que únicamente se preocupan por su bienestar y les importan un bledo los trabajadores reales. Ahora Hacienda ‘descubre’ que hay unos 9.000 liberados en la Administración, que no trabajan ni producen encargados como están de velar porque sus prebendas sigan existiendo.
Cualquier hombre decente jamás aceptaría ser ‘liberado’, es un concepto que se resume en ser los muñidores de la provocación y el matonismo al servicio de la casta dirigente de su organización mafiosa, generalmente carentes de la mínima formación.
Las palabras del ‘facha Martínez’ son por tanto una provocación para advertir al gobierno democráticamente elegido de que la izquierda no cede ni un milímetro en sus privilegios y que si no se acepta esta premisa la calle puede ser peligrosa.
Lo que no deja de asombrarme es que los trabajadores de verdad, los que se dejan la piel en sus empresas para que este país funcione, no les den la espalda y los repudien públicamente, porque representan lo peor de cualquier sociedad civilizada.
Con una afiliación mínima han sido –hasta ahora– muy cómodos para las patronales que los han pastoreado como han querido con maletines de dinero y han servido de freno a cualquier reivindicación justa del mundo del trabajo siempre y cuando ellos no se llevaran algo.
Por eso, el ‘por qué no se callan’ es algo más que un grito, es un lamento por una sociedad enferma.