Opinión

La estampida estival

Miguel Ángel Jiménez - MARTES, 24 DE JULIO DE 2012

Unos días antes de producirse la gran estampida (¿habrá este año gran estampida?) de las vacaciones veraniegas, estamos viviendo los peores momentos de la crisis económica que se descubrió hace cuatro años.

La escalada de la prima de riesgo y, para hablar sin tapujos ni paños calientes, de la terrorífica situación de las finanzas públicas, ha desatado todo tipo de especulaciones. Uno de esos hombres sabios que tengo la suerte de conocer me decía que las cosas están así porque alguien se está enriqueciendo de forma escandalosa.

El ciudadano de la calle mira perplejo el paisaje y no alcanza a comprender qué está sucediendo, al ver como las penurias –que creía olvidadas en el cajón de la historia– regresan y ya están en el rellano de la escalera.

La esperanza de la ciudadanía que creía que, arrojado Rodríguez Zapatero de la Moncloa, las cosas volverían a su cauce con un Gobierno soso pero eficaz se han diluido como un azucarillo en un vaso de agua.

Mariano Rajoy no ha dado la talla ni por asomo y los miembros de su gabinete ni están ni se les espera. En situaciones como esta la historia demanda líderes corajudos, dispuestos a tomar todas las medidas que consideren necesarias al tiempo que, mientras aprietan las clavijas a la sociedad, la ilusionan y transmiten fuerza para aceptar el envite.

Y esos líderes corajudos no existen en la casta política criada en estos casi 40 años de democracia, porque la mayoría es escoria que jamás habría encontrado otra actividad más lucrativa que la política. Ni en el partido en el Gobierno ni en el gran partido de la oposición se encuentran personajes con la suficiente decencia para decir la verdad y, los pocos que hay, son una ‘rara avis’ entre tanto sinvergüenza.

El presidente del Gobierno se limita a aceptar medidas tibias que le imponen desde Bruselas, pero no se atreve a meter mano en el nudo gordiano del problema que no es otro que el tamaño de la Administración Pública, el reino de Taifas de las autonomías que amamantan a una legión de incompetentes congénitos y el despilfarro nauseabundo que esa casta provoca.

Si Rajoy hubiera cortado de raíz ese nudo gordiano tendría autoridad moral para imponer a la sociedad los sacrificios que exige la actual situación. Sin haberlo hecho, sin ‘cepillarse’ cientos de cargos, cientos de sueldos, cientos de coches oficiales, cientos de escoltas, cientos de viajes de placer y cientos y cientos de corruptos de toda la clase política, no puede pedir a los funcionarios que se aprieten el cinturón, no puede obligar a nuestros docentes a que se deslomen un poquito trabajando más, no puede pedir nada.

Por todo esto el panorama es desolador. Nos quedan sólo dos soluciones a falta de líderes políticos: aceptar la intervención de la Unión Europea dejando nuestra dignidad por los suelos, o vivir a la italiana de espaldas al Gobierno, ignorándolo y pasando de él olímpicamente. De todas formas la quiebra esta asegurada.

La gravedad de la crisis económica no es sólo por la situación mundial, es más profunda en nuestro caso por la pérdida de valores, la falta de ética y la ausencia de una Justicia independiente que hubiera evitado los desmanes que políticos, sindicalistas y bancarios han producido.

La estampida de agosto puede ser otra, no la de la búsqueda de asueto, sino la de la búsqueda de un país decente donde vivir.

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