“España tiene una necesidad mayúscula de país”, ha proclamado la secretaria de Estado de Presupuestos, Marta Fernández Curras. Algunos, los de siempre, lo habrán entendido por dónde no es, y enseguida la acusarán de estar entonando ‘Montañas nevadas’, aunque estemos en verano. Pero España necesita urgentemente no una mayúscula, sino varias, pues nuestros problemas pueden ser calificados de todo menos de minúsculos. A veces, admitámoslo, el tamaño sí importa. Que se lo digan a Góngora, de quien Quevedo aseguró que era un hombre a una nariz pegado.
Los gobiernos de las autonomías de Cataluña y Andalucía quieren que se les autorice un mayor endeudamiento. Y a servidor, ay, una cita con Eva Mendes. La diferencia es que uno se limita a suspirar y asumir que “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”, mientras que los políticos responsables de dichas autonomías están escenificando la pataleta de ‘qué hay de lo mío’. ¿Todavía no se han enterado de que aquellos presupuestos mayúsculos de antaño ya no son posibles? Entre otras causas, porque ellos mismos han contribuido a crear deudas ciclópeas. La vieja tipografía ya no sirve. Es molesto volver al lápiz, pero aún más lo será terminar escribiendo con el dedo.
Y si la afirmación de Fernández Curras puede provocar en los próximos días el sarcasmo de los nacionalistas, con las palabras del portavoz popular en el Senado, José Manuel Barreiro, habrán sentido vértigos y calambres. “España es una”, ha dicho. Y si no lo es, debería serlo; no en lo territorial, claro, sino en la voluntad solidaria de superar la gravísima situación que padecemos.
Pocas frases hay más españolas en su esencia farruca que: ‘aquí nos conocemos todos’. Pues sí. Por ello, no hay que ser politólogo para pronosticar que si el Gobierno tuviese que combatir la crisis teniendo como socios a los nacionalistas catalanes, o a los vascos, entonces, estaríamos asistiendo a un indecente desfile de presiones, amagos, chantajes y demás eufemismos de deslealtad. Afortunadamente, el Gobierno no necesita votos envenenados. Algunos nacionalistas hablan de insumisión. ¡Cuánto macho de despacho! Pero la gran política autonómica se hace con valores, no con testosterona de andar por casa.
Ahora bien, ante los ciudadanos, ese férreo ahorro en el gasto público que se les exige a las comunidades autónomas ha de ir acompañado de la ejemplaridad de la clase política. Basta con escuchar la voz de la calle para percibir que la sociedad quiere que los políticos también se aprieten su propio cinturón, el de sus sueldos, jubilaciones, dietas…Los españoles no llevamos la democracia en los genes, como los ingleses, aún estamos un poco por domesticar, vamos a decirlo así. Pero siempre hemos sabido diferenciar la grandeza de todo aquello que únicamente es grande.
Hay ciudades españolas con infraestructuras que parecen el destello del ego de un faraón. Pero además de inaugurarlas para sacarse la foto, hay que pagarlas. El dinero ha dejado de ser metafísico.
En efecto, “España tiene una necesidad mayúscula de país”, como ha proclamado Fernández Curras. Es decir, de unidad, que no es lo mismo que pensamiento único. La diversidad que caracteriza nuestra organización autonómica no puede actuar como un pesado fardo ante los problemas que a todos nos afectan. País somos todos, los mayúsculos y los minúsculos.